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En 1508, por órdenes de
Nicolás de Ovando, gobernador de Haití, con dos navíos, algunos marineros y sin tropa
alguna, Sebastián de Ocampo bojeó la Isla de Cuba para concluir si era ínsula o Tierra
Firme. En su Historia de Las Indias, el padre Bartolomé de Las Casas cuenta que "uno
de los navíos, o ambos, tuvieron necesidad de carena (...) entraron en el puerto que
llamamos de La Habana y allí se la dieron, por lo cual se llamó aquel puerto, Puerto de
Carenas".
Años después, en 1519,
proveniente de la costa sur de la isla, un grupo de colonizadores decidió establecerse en
las márgenes del río Almendares y más tarde, definitivamente, en las orillas del Puerto
de Carenas. Según la tradición, allí, a la sombra de una ceiba -el sitio está
actualmente señalado por el monumento conocido como El Templete-, se celebraron el 16 de
noviembre el canto de la primera misa y la reunión del primer cabildo presididos por
Diego Velázquez de Cuéllar, entonces Teniente Gobernador de la isla, Capitán de los
Ejércitos Reales y recién distinguido con el título de Adelantado. Sin embargo, la
realidad histórica apunta a que dicha ceremonia transcurrió antes de ese año en el
asentamiento anterior, loca del río Mayabeque, en el sur de la isla.
Nacía San Cristóbal de La
Habana -el séptimo asentamiento fundado en Cuba- como un raquítico poblado de casuchas
de tabla y guano al principio, luego pujante villa, más tarde floreciente ciudad devenida
capital política y comercial de la isla y predestinada para ser cuna de progreso, rica
por sus bondades naturales y económicas y por el carácter de su gente, que poco a poco
se fue acriollando.
En el siglo XIX, el barón
Alejandro de Humboldt apuntó en su Ensayo Político sobre la Isla de Cuba: "La vista
de La Habana a la entrada del puerto es una de las más alegres y pintorescas de que pueda
gozarse en el litoral de la América equinoccial". Al paso de los siglos, la ciudad
ensanchó sus dominios y beldades, acogiendo a gentes de diversas nacionalidades y
culturas, deviniendo cosmopolita y diversa. Vestida con el barroquismo secular de la
madera, el vidrio y las rejas; punteadas sus calles por sucesivas legiones de columnas;
ciudad, a decir de Alejo Carpentier, con el "estilo del no estilo", cálida y
acogedora, se llega a ella por los medios de transporte más modernos, y en pocos minutos
se puede pasar de la más contemporánea modernidad arquitectónica a la antigüedad que
tiene su arquetipo en las calles y edificios de la Habana Vieja, cuyo centro histórico,
antigua ciudad intramuros, fue declarado en 1982 Patrimonio de la Humanidad y alberga unos
500 inmuebles de altísimo valor monumental.
Ya en el siglo XVIII la
capital era la más populosa y mejor fortificada de América. La Corona Española,
cuidadosa de la llamada Llave del Nuevo Mundo, Antemural de Las Indias, sitio de encuentro
de la Flota que llevaba las riquezas desde el continente a los puertos ibéricos, la
rodeó de un cinturón de sólidas fortalezas entre las que resaltan La Real Fuerza
(1q577), Los Tres Reyes del Morro (1630) o la enorme San Carlos de la Cabaña (1774), el
mayor sistema fortificado del orbe. Cuentan que ante el abultado gasto en las obras de
esta última, el rey Carlos III se paró un día en la ventana del palacio real y miró a
lo lejos. Le preguntaron por qué lo hacía y respondió que, de tan cara, debía verse
desde todo el mundo.
Acechada por corsarios y
piratas, como lo sería también por otros imperios -decía Nicolás Guillén que Cuba,
"vieja amante díscola de España, siempre cortejada por Inglaterra, empezó a ser
groseramente deseada por el púber imperialismo yanqui"-, San Cristóbal de La Habana
fue rodeada en el siglo XVIII por una muralla de 10 metros de altura y 1.5 de ancho, con
siete puertas de entrada. De su puerto partieron las naos de Cortés a la conquista del
codiciado imperio de Moctezuma, el refuerzo de las tropas de Pizarro en Perú y el
descubrimiento y dominio de la Florida.
La Habana fue también sede de
un famoso astillero, favorecido por las maderas de gran calidad abundantes en los bosques
del país, presentes, por ejemplo, en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En el
astillero, conocido como El Arsenal, se construyeron más de 100 barcos. Puesto en marcha
en 1724 -un año antes se introdujo la primera imprenta en Cuba- dio vida al San Juan,
primer navío de línea de 50 cañones; el Fénix, buque insignia de la flota de Carlos
III en su viaje desde Nápoles para tomar posesión del trono; y el Santísima Trinidad,
cuyas proporciones le hicieron el más grande que flotaba entonces en todos los mares, y
que, hundido en la batalla de Trafalgar, causó sin embargo grandes estragos en la nave
del almirante Nelson.
Precisamente con la historia
naval está relacionado uno de los primeros hechos heroicos de la historia cubana: la
resistencia popular contra la invasión inglesa en 1762. El 6 de junio, a las costas
habaneras llegó un contingente de 16 navíos de línea, 18 fragatas y 150 naves con 10
mil tripulantes y 14 mil soldados. Comenzó una dura batalla en la que intervinieron
decididamente los 50 mil habitantes de la ciudad. Los atacantes necesitaron dos meses para
apoderarse de la plaza sitiada. Al año siguiente, La Habana volvió a manos de la Corona
Española, que mediante un tratado con Londres la canjeó por la Florida.
Entre La Habana y el cercano
poblado de Bejucal se estableció en 1837 el primer ferrocarril que tuvo la isla (el
séptimo en el mundo y pionero en Iberoamérica). Las primeras máquinas eran inglesas,
pero poco después fueron sustituidas con dos locomotoras estadounidenses, las primeras
que exportó ese país.
La primera máquina de vapor
llega a fines del siglo XVIII, sólo 9 años después de otorgada la última patente a los
hermanos Watt. El primer vuelo aerostático se realizó en 1828. En 1807 se introduce el
hielo o "nieve". En 1818 se establece la escuela de pintura de San Alejandro,
por la que pasarían los grandes pintores de la isla. En 1819 arribó al puerto de San
Cristóbal el primer buque de vapor. En 1817 se crea en los terrenos del actual Capitolio
Nacional el primer jardín botánico, que luego se trasladaría a la famosa Quinta de los
Molinos.
En 1847 se realizó en esta
ciudad la primera intervención quirúrgica con anestesia (éter sulfúrico), a sólo 5
meses de la primera practicada en el mundo, en Boston, Estados Unidos. En 1853 se instala
la primera línea telegráfica, entre La Habana y Bejucal, siguiendo el camino de hierro
que unía a ambas localidades; y por entonces también el primer cable telegráfico
submarino, que llegaba hasta la Florida y enlazó a la isla con la red internacional.
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En 1845 quedó
iluminada a partir de gas la calle Salud, y 6 años más tarde le siguieron las
principales arterias de la ciudad. En 1877 se realizó la primera demostración de
alumbrado eléctrica, en el hotel Pasaje y el café El Louvre (muy cerca del actual hotel
de lujo Parque Central), y la inauguración de un sistema que daba luz a la ciudad, el 1
de enero de 1890. |
La Habana tuvo los primeros
teléfonos en 1881, con 50 aparatos instalados. La primera guía telefónica dos años
después, con 442 suscriptores. El cinematógrafo en 1897. El primer automóvil en 1898:
un ejemplar de la fábrica francesa La Parisienne. En 1900 existía ya una importadora de
autos desde Estados Unidos, y en 1905 eran populares las carreras automovilísticas. Cuba
sería, años más tarde, uno de los primeros países del mundo en la relación de
vehículos por habitantes. El primer vuelo de aeroplano se escenificó en la capital
cubana el 7 de mayo de 1910: el piloto francés André Bellot empleó un Voisin que
recorrió dos mil metros y cayó sin que saliera dañado el piloto, seguido muy pronto por
sus colegas cubanos.
En 1905 comenzó a operar en
esta ciudad la primera estación de telegrafía sin hilos creada en Cuba. En 1921 se
ponían en funcionamiento los tres cables telefónicos de profundidad más largos del
mundo en la época (longitud media de 190 kms), tendidos entre La Habana y Cayo Hueso. La
primera emisión comercial de radio se produjo en 1922, cuando ya existían cuatro
emisoras de radioaficionados, y en 1923 había 34 emisoras en todo el país. La primera
imagen televisiva fue transmitida en 1959; la TV en color llegó en 1957, aunque el
empeño fracasó y se reanudó en los '70.
Sus teatros han acogido a
luminarias como la austríaca Fanny Elssler, la Pavlova, Carusso, Sara Bernhardt -que,
según se cuenta, tuvo amoríos aquí con el gran Mazantini el Torero-, Pablo Casals,
Gershwin (quien en su "Obertura cubana" emplea temas del son-pregón
"Echale Salsita"), Stravinsky, Josephine Baker...También ha recibido visitas
ilustres como las de Rubén Darío, Einstein, Garibaldi, Buster Keaton, Frank Sinatra
(pasó aquí su luna de miel con Ava Gardner), Winston Churchill (fue aquí reportero),
Fred Astaire, Rita Hayworth, Rocky Marciano, Sartre, Maradona y tantos actores y literatos
que sería innumerable la lista, sin olvidar que en ella halló inspiración y sosiego
Ernest Hemingway.
De sus monumentos
arquitectónicos, el Cementerio de Colón es considerado por muchos especialistas como uno
de los más sobresalientes en el mundo por su riqueza artística. El Palacio de los
Capitanes Generales -entre 1791 y 1920 sede del gobierno; luego, hasta 1967, del
ayuntamiento de La Habana, y hasta el presente Museo de la Ciudad y sede de la oficina del
Historiador- es una verdadera joya de la arquitectura colonial y guarda preciadas
reliquias históricas y artísticas en sus majestuosos salones.
La Catedral de La Habana es el
centro de un entorno pleno de inmuebles de la era colonial en el que tampoco faltan
estilos posteriores como el eclecticismo, patente en inmuebles como el edificio Bacardí,
el Palacio Presidencial y el Hotel Sevilla. Cerca del soberbio templo existe aún la casa
que escogió Alejo Carpentier como escenario de su novela El Siglo de las Luces,
conlindante con la Bodeguita del Medio. Del siglo XVIII data la Basílica de San Francisco
de Asís, en algún tiempo el edifico más alto de la villa y hoy la más singular sala de
conciertos de la capital cubana.
Elementos arquitectónicos
distintivos de la vieja Habana, en barrios bullangueros y de puertas abiertas, son las
estrechas calles, los altos puntales y las grandes ventanas enrejadas, los vitrales y las
esquinas de fraile -para mejor circulación del aire-, o los guardavecinos -rejas
semicirculares y de caprichosos adornos que ponen la frontera familiar en los largos
balcones decorados, también, por el barroquismo del metal. En las veteranas calzadas
asombra la profusión de estilos en fachadas y la línea ininterrumpida de columnas. La
carpintería presente en techos, puertas y ventanas, traída por los españoles al
principio con un matiz mudéjar, se une al fresco ambiente de los patios interiores de
antaño, en los que no faltan el aljibe y la vegetación exuberante.
Unas de las tantas curiosas
historias nacidas en esta ciudad es la de las tres ceibas que rodean al Templete,
monumento de estilo neoclásico que señala el sitio de la fundación acontecida hace 478
años, escoltado por la calle Enna, la más corta de la capital. Se dice que el obispo
Espada, hombre culto y dado a ideas modernas, quiso traer para la decoración a Francisco
de Goya, pero éste, ya viejo, recomendó a Juan Bautista Vermay.
Sin embargo, ésa no es la
historia curiosa. Resulta que allí vivió, hasta el siglo XVIII, la ceiba precolombina
bajo cuya sombra se fundó oficialmente la villa. En 1753 el árbol se secaba, por lo que
fue talado y sustituido por un obelisco. Por entonces se plantaron otras tres ceibas, de
las que una sola arraigó. En 1827, viendo que sus raíces estorbarían la construcción
del Templete, fue derribada por orden del Capitán General Vives y, ya erigido el
monumento, se sembraron otras tres.
Nuevamente se repitió el
raro suceso: una sola sobrevivió. Tres décadas más tarde, otras dos plantadas para
acompañar a la solitaria no resistieron el embrujo y perecieron. La ceiba de Vives
perduró hasta nuestro siglo, cuando fue reemplazada por la que hoy vemos allí, y a la
que, como tradición, los habaneros dan una vuelta la noche del 16 de noviembre para pedir
un deseo a San Cristóbal, patrono de la capital, cuya festividad es el 25 de julio, pero
que en tiempos de la Colonia pasó a la anterior fecha para no interferir en la de
Santiago Apóstol, patrono de España, hecho que quedó sembrado en la tradición.
Es decir, durante dos siglos
fueron plantadas nueve ceibas en el histórico sitio, pero de ellas sólo tres
sobrevivieron en distintos períodos, quedando siempre solitarias, como la primigenia.
En cuanto a paseos, La
habana cuenta con varios de todas las épocas. El primero, la Alameda de Paula, construido
a inicios del siglo XIX, sirvió de lugar para procesiones, desfiles militares y, en las
noches, para las caminatas de damas y caballeros que hallaban allí vida social y
distracción en medio del aire fresco proveniente del cercano mar y el ajetreo de
quitrines y volantas.
La Alameda no gozó mucho
tiempo del favor de los capitalinos, que prefirieron frecuentar la Plaza de Armas, hermosa
ágora llena de árboles y rodeada de edificios coloniales, que hoy mantiene un aire
relajado entre cafés al aire libre, vendedores de libros y transeúntes que disfrutan los
nuevos aires de una ciudad que se renueva gracias a la restauración que dirige el
historiador de la ciudad, Eusebio Leal.
Con el tiempo, fueron
apareciendo otros paseos como el Del Prado y anchas avenidas como las de Carlos Tercero,
Malecón (que bordea la línea costera de la ciudad a lo largo de varios kilómetros),
Quinta Avenida (que atraviesa el barrio residencial de Miramar, construido a mitad del
siglo XX) y Veintitrés, que incluye a La Rampa, moderna vía que baja hasta la orilla del
mar.
La Habana no ha quedado
detenida en el tiempo. Desde lo alto de la Fortaleza de la Fuerza, la Giraldilla, veleta
conocida también por Noble Habana y símbolo de la ciudad, contempla hoy a generaciones
que entran de lleno en el nuevo milenio, caminando por las mismas calles, entre los mismos
edificios, pero con nuevos bríos y el ritmo que imponen el presente y sus perspectivas.
En la capital cubana existen
varios y prestigiosos centros de Educación Superior, instituciones científicas de nivel
internacional como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, Instituto de
Medicina Tropical Pedro Kourí, centros de Biopreparados y de Anticuerpos Monoclonales, de
Restauración Neurológica, y otros.
La Habana acoge
constantemente ferias y congresos internacionales, y en ella bulle el espíritu de
recuperación económica que avanza en el país. Recibe a cientos de miles de turistas y
es prototipo de la solidaridad y la hospitalidad cubanas. En esta ciudad, que acumula ya
siglos de historia, cultura y saber, pervive una riqueza humana que causa el asombro de
muchos y que es común entre vecinos, de cubano a cubano, de gente a gente.
Evocados sus sitios por las
plumas de remotos y cercanos poetas y escritores de todas las épocas -Humboldt,
Carpentier, Blasco Ibañez, Lezama Lima, Eliseo Diego-, protagonista de sucesos
históricos como la capitulación española ante Estados Unidos, la llegada de los
rebeldes encabezados por Fidel Castro, los estallidos de los buques Maine y La Coubre, la
Crisis de Octubre o la visita del Papa Juan Pablo II en 1998, La Habana es una ciudad que
indeteniblemente sigue el curso de la modernidad, pero que en ciertos momentos, en ciertos
lugares, asume el color nostálgico y cubierto por los años de las viejas fotografías.
Ese es el principal
privilegio de sus habitantes: seguir fundando y haciendo historia en una urbe que guarda y
mantiene abierta su vasta memoria. |