La confesión de las bombas
Por Eduardo Galeano
1. Estados Unidos y sus aliados de la OTAN están
descargando un diluvio de misiles sobre Yugoslavia, o sobre lo poco que queda de lo que
fue Yugoslavia.
Según la versión oficial, los atacantes actúan
conmovidos por los derechos del pueblo albanés de Kosovo, víctima de la «guerra de
limpieza étnica» emprendida por el gobierno serbio de Milosevic. Al decir del presidente
Clinton, las democracias occidentales no podían permanecer cruzadas de brazos ante esta
«inadmisible catástrofe humanitaria».
La más feroz «guerra de limpieza étnica» y la más
«inadmisible catástrofe humanitaria» de la historia de las Américas en el siglo
veinte, ocurrió en Guatemala en las décadas recientes, y sobre todo en los años
ochenta. Los indígenas guatemaltecos fueron las principales víctimas de esta matanza:
hubo cien veces más muertos que en Kosovo, y el doble de desplazados. En su reciente gira
por Centroamérica, el presidente Clinton pidió perdón por el apoyo que su país prestó
a los militares exterminadores de indios, que habían sido entrenados, armados y
asesorados por Estados Unidos. ¿Por qué Clinton no exige a Milosevic que aplique esta
exitosa doctrina del lavado de manos? Los bombardeos podrían parar a cambio de un
compromiso formal: en el año 2012, o 2013, pongamos por caso, el presidente de Yugoslavia
pediría perdón a los cadáveres de kosovo y todo bien, asunto arreglado, el pecado
expiado. Y a seguir matando.
2. El presidente estadunidense andaba enredado en un
escándalo sexual, y Robert de Niro y Dustin Hoffman inventaban una guerra para distraer
la atención del respetable público. En la película, llamada Wag the dog, esa guerra
fabricada se hacía en nombre de la salvación del pueblo albanés.
Ahora, también en nombre de la salvación del pueblo
albanés, la película continúa por otros medios. Es cosa de cine: despegan los aviones,
que parecen diseñados por Hollywood, y noche tras noche estallan los fuegos de artificio
en los cielos de Yugoslavia.
Como en los bombardeos contra Irak, el espectáculo no
incluye imágenes de los enemigos muertos; y muertos propios no hay. Mientras los ataques
ocurran desde el aire, esta guerra real seguirá simulando que es virtual. Si las tropas
invadieran por tierra, y los países atacantes empezaran a recibir a sus héroes envasados
en ataúdes, otro gallo cantaría.
3. Mientras tanto, la OTAN continúa celebrando, a lo
grande, su medio siglo de vida. Como quien dice, está tirando la casa por la ventana. Es
la fiesta de cumpleaños más cara de la historia: sin contar el valor de las vidas y los
bienes aniquilados en Yugoslavia, porque al fin y al cabo no hay enemigo que no merezca su
desgracia, cada noche de bombas está costando 330 millones de dólares. Según el
cálculo del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung (edición del 30 de marzo), Estados
Unidos gastó, en la primera noche de esta guerra, tanto dinero como el total de la ayuda
prometida por Clinton a los países centroamericanos devastados por el huracán Mitch.
No es para menos. Ya había quienes se preguntaban para
qué servía la OTAN, si había desaparecido la amenaza comunista al este de Europa. El
gerente general de la empresa, Javier Solana, se ha encargado de despejar esas dudas
insidiosas. Hace veinte años, Solana gritaba: ¡No a la OTAN! Hace diez años,
pronunciaba una frase histórica, en nombre del gobierno español, cuando se desató la
guerra estadunidense contra Irak: «Hemos sido avisados, pero avisados a posteriori». Y
ahora nos explica que la OTAN está «defendiendo la paz», a millón de dólares por
misil.
4. Las grandes potencias practican el delito, y lo
recomiendan. Nadie viola la ley con tanta frecuencia. Estos bombardeos están burlándose
del derecho internacional, y también de la propia carta de fundación de la OTAN. Contra
un dictador sanguinario como Milosevic, se nos dice, está todo permitido, incluyendo lo
prohibido. ¿Contra Milosevic? En la tele, al menos, se vé sano y salvo al llamado Hitler
de los Balcanes. La que sufre es la gente.
También las guerras contra Irak, violatorias de todas las
leyes habidas y por haber, se han justificado por la urgencia de derribar a Saddam
Hussein. Pasan los años y, de bombardeo en bombardeo, el llamado Hitler del Medio Oriente
sigue tan campante. En cambio, ¿cuántos iraquíes han caído? Según los datos oficiales
publicados en Estados Unidos (US Bureau of the Census, enero de 1992) unos 145 mil
iraquíes y 124 estadunidenses han muerto como consecuencia de la guerra de 1991. ¿Y
cuántos siguen sufriendo el bloqueo teóricamente destinado a voltear al dictador? ¿A
cuántos castiga el hambre impuesta por las sanciones económicas internacionales? Según
el último informe de la Cruz Roja, en esta década se ha multiplicado por seis la
cantidad de niños iraquíes que nacen pesando menos de lo normal.
5. ¿Y si fuera verdad que a la OTAN le estrujan el
corazón las «limpiezas étnicas»? ¿Qué todo vale para salvar a las minorías
amenazadas de exterminio?
Sería emocionante. Pero, en ese caso, ¿por qué la OTAN
no bombardea a Turquía? ¿No practica Turquía la sistemática purga del pueblo kurdo?
¿Por qué Yugoslavia merece castigo y Turquía, aplausos? Quizá porque Turquía es de la
casa, un país miembro de la OTAN; pero más quizá porque Turquía es uno de los
principales clientes de la industria occidental de armamentos.
6. Esta guerra, como todas las guerras, sirve de gigantesca
vidriera para la exhibición y la venta de armas. El avión estrella sigue siendo el
F-117, que había iniciado su devastadora carrera matando panameños a fines de 1989. Un
tropezón cualquiera da en la vida, y no todas las operaciones publicitarias resultan
exitosas: uno de estos ejemplares, que se suponía invisible, se hizo visible y fue
derribado. El percance costó 45 millones de dólares a los contribuyentes estadunidenses,
sin contar el valor de las armas que llevaba adentro.
7. Esta guerra, como todas las guerras, también sirve para
justificar los gastos militares. Las grandes potencias occidentales, armadas hasta los
dientes, necesitan clientes y también necesitan enemigos.
Hace bien poquito, a principios de este año, cuando
terminó la segunda guerra contra Irak, los generales del Pentágono advirtieron:
Se está reduciendo el stock de misiles.
De inmediato, el presidente Clinton anunció que
aumentaría en 12 mil millones de dólares el inmenso presupuesto de guerra, que suma el
quince por ciento del presupuesto federal y que se llama presupuesto de Defensa no se sabe
por qué. Clinton preside una nación que tiene un millón y medio de soldados, dispuestos
a morir no se sabe por qué.
8. La OTAN nació como brazo armado de Estados Unidos en
Europa. Aunque ya Rusia no asista a nadie, la OTAN crece, y con ella crecen la hegemonía de
Washington y el mercado de la industria estadunidense de armamentos. El examen de buena
conducta de Polonia, Hungría y la República Checa incluye el ingreso a la OTAN y la
compra de novedades bélicas en Estados Unidos. Los malos de ayer prueban que son los
buenos de hoy renovando sus arsenales, para alcanzar los niveles de «interoperabilidad»
que la OTAN exige.
Para que el Congreso estadunidense apruebe las nuevas
incorporaciones, la Lockheed Corporation y otros industriales de la muerte aceitan a los
legisladores con sobornos legales.
9. Recientemente, estalló un escándalo en Gran Bretaña.
Se reveló que las universidades más prestigiosas, los institutos de caridad más
piadosos y los principales hospitales invierten los fondos de pensión de sus empleados en
la industria armamentista. Los responsables de la educación, la caridad y la salud
explicaron que colocan su dinero en las empresas que rinden mayores ganancias y éstas
son, precisamente, las empresas de la industria militar. Un vocero de la Universidad de
Glasgow lo dijo con todas las letras:
No hacemos distinciones morales. Nos preocupa que las
inversiones sean rentables, no que sean éticas.
Si las bombas que están cayendo sobre Yugoslavia pudieran
hablar, además de estallar y matar, ¿confesarían la verdad?
Señoras bombas, ¿son ustedes los mortales
instrumentos del Bien?
Más respeto, caballero. Nosotras somos un gran
negocio.
Tomado de:
La Jornada, México, D.F., sábado 10 de abril de 1999. |