Estados Unidos cubrió el desierto
kuwaití y amplias zonas de Iraq de miles de proyectiles con uranio
empobrecido.
Para la fabricación de esas armas
se emplea el remanente del isótopo uranio 235, altamente radiactivo,
luego de ser empleado en armas nucleares o generadores de energía.
Esos proyectiles se caracterizan por su poder de penetración en
vehículos blindados y bunkers, debido a su alta densidad.
La radiactividad de ese desecho, barato
y accesible, es la mitad de la del uranio natural, pero su toxicidad es
igualmente grave, según expertos y sobrevivientes de la guerra
del Golfo, incluidos soldados de la coalición internacional encabezada
por Estados Unidos.
Sin embargo, el Departamento (ministerio)
de Defensa (Pentágono) de Estados Unidos insiste en que el uranio
empobrecido no es tóxico ni radiactivo.
El avión de combate A-10 Thunderbolt,
los helicópteros Cobra y Apache y el tanque M1A1 Abrams son cargados
con proyectiles mejorados mediante uranio empobrecido. Todos esos vehículos
serán usados en una guerra contra Iraq.
Esto desperdigaría una cantidad
aun mayor que la actual de uranio empobrecido por los alrededores de Bagdad,
una ciudad de cinco millones de habitantes.
La Organización Mundial de la Salud
(OMS) observó que los más proclives a sufrir la exposición
a esa sustancia son los residentes de las zonas bombardeadas y los trabajadores
de asistencia humanitaria.
“Los casos de cáncer en Iraq
se multiplicaron por cinco y hasta por siete en algunas zonas desde 1991,
y la guerra del Golfo es la única explicación,” dijo
a la agencia de noticias Reuters el director del Hospital Mansour de Bagdad,
Loua’i Latif Kasha.
“La contaminación radiactiva
por el uranio empobrecido causa por sí mismo cáncer de tiroides
y leucemia,” agregó Kasha.
Incluso algunos veteranos estadounidenses
y británicos participantes en el conflicto sufren hoy de misteriosas
enfermedades, conocidas como síndrome de la guerra del Golfo.
Los primeros informes de síntomas
inexplicables, aparecidos a fines de 1991, incluían fatiga crónica,
diarrea, dolores en articulaciones, pérdida de memoria y de concentración,
erupciones, severos dolores de cabeza, caída de cabello y sangrados
imprevistos de encías y senos.
Algunos pacientes manifestaron irritabilidad,
espasmos musculares, fiebre y sudoración nocturna, y también
se registraron defectos congénitos en hijos de veteranos.
Por otra parte, el semen de los veteranos
ocasiona ardor tanto en ellos como en sus parejas sexuales, y si permanece
más de cinco minutos en contacto con la piel, provoca inflamación
y ampollas.