El valle de los ingenios
Por María Elena Balán
El tiempo, tirano como dicen muchos, no ha podido sin embargo
borrar la huella del antiguo esplendor que distinguió a la ciudad de Trinidad, en el
centro-sur de Cuba, una de las más prósperas de la Isla durante las primeras décadas
del pasado siglo.
El auge de la villa se debió, fundamentalmente, al fomento
de la industria azucarera, que permitió levantar varios ingenios en el cercano valle de
San Luis, un bello paraje rodeado de montañas e irrigado por las aguas del generoso río
Agabama. Al compás del incremento azucarero nacieron sólidas fortunas y se originaron
apreciables cambios económicos y sociales en la región.
En una de sus crónicas, Ramón de la Sagra escribió:
"Todo el valle de Trinidad pertenece a un corto número de hacendados que lo han
cubierto con sus ingenios y potreros, sin dejar casi nada para los cultivos menores de los
sitios y estancias". Destacó también el hecho de que ya en fecha tan temprana como
1860, las tierras del Valle de los Ingenios habían perdido la fertilidad necesaria para
el cultivo de la caña de azúcar.
Ese fenómeno, unido al desarrollo paralelo de puertos como
el de la cercana ciudad de Cienfuegos, abiertos al comercio libre, arrebató a Trinidad su
privilegiada posición. Los antiguos ingenios fueron desapareciendo y sus campos se
convirtieron en simples colonias de un sólo central.
Pasó el tiempo, pero hoy sigue viva la leyenda del Valle de
los Ingenios, y algunas de las grandes viviendas de las plantaciones, quintas de
temporadas y casas de trabajo continúan en pie. Parece como si quisieran perpetuar la
huella de la prosperidad y el esplendor que en otros tiempos tuvo la zona.
Todavía se puede admirar, como vestigio de la grandeza de
antaño en los alrededores de Trinidad, el elegante campanario de la torre del ingenio
Manacas-Iznaga, declarada junto a esa ciudad Monumento Nacional. También se puede ver la
casa del antiguo central Bella Vista, construida en la cuarta década del siglo diecinueve
por el rico gaditano Don Pedro Malibrán con el más rancio estilo romano. 
Igualmente sobresale, por su auténtico estilo criollo, la vivienda del ingenio Guáimaro,
uno de los más productivos de aquella época. Entre los restos del batey de
Manacas-Iznaga figuran algunos bohíos de un poblado de esclavos, considerado entre los
mayores hasta 1857. La colorida vegetación del Valle de los Ingenios rodea con su magia a
esos vestigios de un pasado que forma parte de la historia cubana.
Y la misma Trinidad, declarada por la UNESCO en 1988 Patrimonio Cultural de la
Humanidad y situada entre las montañas y el mar, es un sitio inolvidable y grandioso para
quienes buscan la arquitectura del pasado, conservada, al igual que su entorno, al nivel
de lo que fue en la época en que era moderna.