| Apocalipsis de la Reconcentración Por Rogelio Riverón
Se le pide a la Historia que sea objetiva, pero si tal deseo
es llevado al extremo se pudiera olvidar que, como ciencia, la Historia debe ser
analítica y no falsamente neutral.
De la Reconcentración, esa prefiguración
de los campos de exterminio nazis, comenzada en Cuba en 1896 por el militar español
Valeriano Weyler, se habla en ocasiones en sentido global, lo que quizás atenúe
involuntariamente las dimensiones del genocidio, emprendido como estrategia de la
metrópoli para aislar a los libertadores mambises de una población simpatizante con la
causa de la independencia e imbuida de un creciente nacionalismo.
Llevado por una explosiva mezcla de sadismo y temor, Weyler
había decidido desgastar a los mambises cortándoles bruscamente el sustento que pudieran
hallar en los campos cubanos. Nombrado capitán general de la isla en febrero de 1896, en
sustitución del fracasado Martínez Campos, el también titulado Marqués de Tenerife
tenía plenos poderes, como última carta de Madrid en la guerra, para aplicar una
política represiva contra la población local.
Sucesivamente, dispuso aplicar la jurisdicción de guerra y
juicios sumarísimos a quienes difundieran noticias favorables a los mambises, dieran
armas, caballos o cualquier cosa a éstos. Cerró las tiendas ubicadas a más de 500
metros de los poblados, requisó caballos y alimentos como el maíz.
Específicamente, el bando de reconcentración, dictado el 21
de octubre de 1896, obligaba a los habitantes de los campos o fuera de la fortificación
de los poblados a reunirse en el plazo de 8 días en los pueblos ocupados por las tropas
ibéricas. De no hacerlo, se les consideraba rebeldes y eran juzgados como tales. La
medida se hizo cumplir levantando alambradas y fuertes en ciudades y campos, donde vagaban
hambrientos y plagados de enfermedades niños, mujeres, ancianos, ...todos.
Situémonos de momento en la región central de Cuba y
evoquemos lo que en los primeros meses de 1897 ocasionó a la población la política
española de devastación agraria. Entonces, en su afán de impedir al general
independentista Máximo Gómez el paso al occidente de la isla, Weyler estableció en la
central localidad de Placetas un centro general de operaciones.
Entre febrero y junio del 97, el militar español estuvo
cinco veces en Placetas, para velar en persona por el cumplimiento de sus órdenes.
Antiguos documentos dan cuenta de que las fuerzas españolas destruían todo lo que
encontraban en el campo, mientras que en la villa los soldados se alojaban en los
portales, usaban la madera de las cercas como combustible y dejaban sus excretas en todas
partes.
A mediados de año, Valeriano volvió a Placetas para operar
en la vecina región de Sancti Spíritus. Hubo momentos en que el poblado tuvo que alojar
a más de 16 mil soldados, los que, junto a los campesinos reconcentrados, podían ser
presa de las infecciones.
Crónicas locales dan fe de que los reconcentrados morían en
las calles y a bordo de los trenes que los transportaban. Otros andaban desnudos por las
plazas en busca de comida que no existía, pues todos los víveres iban a parar al
ejército metropolitano. Sólo en la cercana localidad de Vueltas hubo 1572 defunciones en
menos de medio año.
Cuando tras el fracaso de su política y la muerte del
ministro Cánovas el tristemente célebre Weyler retornó a Madrid, un poeta de la zona
escribió acerca del barco que lo conducía: "si supiera el horror que lleva encima,
contra las duras rocas se estrellara". |