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Historia Reseñas
Un abrazo que se pospuso por siglo y medio

Por Argelio Santiesteban/ Septiembre '99

El conde de AlbemarleSí, han tenido que transcurrir 150 años para que los contendientes se abrazaran. Pero helos ahí, en medio de una recepción, disfrutando de una copa e intercambiando chistes. Claro está: ha transcurrido siglo y medio, quienes ahora charlan con animación no son los originales enemigos, sino sus descendientes.

De todas maneras, se ha producido el milagro. Y con quince décadas de retraso chocan copas los que antes combatieron en bandos opuestos.

La escena ocurre a inicios del siglo XX, en una bella casa de estilo corintio renacimiento con detalles franceses, en La Habana Vieja.

Es historia archiconocida: cuando transcurre 1762, frente al litoral habanero se presenta una formidable escuadra inglesa, la mayor que haya traído el imperio a estos mares.

Toman tierra los ingleses en Cojímar, al este de la capital cubana, mientras otro contingente desembarca en La Chorrera.

Pronto comienzan a llover bombas de artillería sobre San Cristóbal de La Habana. Al gobernador español Prado Portocarrero, cobarde e inepto, sólo se le ocurre como medida defensiva hundir tres de sus propios barcos en la estrecha boca de la bahía. Y da la orden desde San Isidro, donde se ha refugiado, pues hasta allí no llegan los fuegos ingleses.

Mientras el gobernador manda a ejecutar sus disparates, se oye la voz reprobatoria de quien será héroe en aquellas jornadas. don Luis de Velasco, jefe de la guarnición de la fortaleza de los Tres Reyes del Morro, situada a la entrada de la bahía habanera.

Durante el sitio de la ciudad por los ingleses, Velasco acapara la admiración de todos, su heroísmo es reconocido en las propias filas invasoras.

En esas circunstancias, se produce un intercambio de mensajes entre Velasco y Albemarle, jefe de la escuadra que al final terminaría por apoderarse de la Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias.

El jefe británico aduce en sus letras que el honor de Velasco está a salvo, pues éste ya ha probado que vale por cien hombres. Insta al español para que no entregue su vida en vano. Y agrega: "conózcame Ud. Mañana quiero darle un abrazo".

Como es sabido, Velasco sucumbió y el abrazo no llegó a ocurrir.

Pero, siglo y medio después, en Aguiar y Habana, en la parte vieja de La Habana, Ernesto Pérez de la Riva, descendiente de Velasco, y el entonces Conde de Albemarle se dieron el abrazo que la muerte había impedido en 1762.


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