| El coloso habanero Por Argelio Santiesteban/ Septiembre '99
Todo mediano conocedor de la
geografía habanera sabe que en el cuadrilátero qiue delimitan las calles Prado,
Dragones, Industria y San José se asienta una mole de concreto, acero, bronce y mármol,
acerca de la cual las opiniones han estado tradicional y diametalmente divididas.
Para el historiador Emilio Roig de Leuchsenring, fue una
edificación de inegable belleza, serena y majestuosa. Pero, a los ojos del colombiano
Gabriel García Márquez, no pasa de ser "un esperpento neoclásico".
Los terrenos donde hoy se asienta el Capitolio Nacional
(actual sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente), fueron ocupados,
consecutivamente, por barracones de esclavos, un jardín botánico y la estación de
trenes de Villanueva.
Iniciado en 1912, y concebido originalmente como Palacio
Presidencial, con el transcurrir del tiempo albergaría al poder legislativo.
El proyecto inicial, de Rayneri, iba a sufrir
modificaciones sin cuento a manos de Cavarrocas, Romañach, Govantes y otros. En el
diseño de sus jardines intervino el afamado urbanista francés Forrestier.
En un plano más humilde, como picapedrero, participó en
la construcción de este capitolio cubano quien era entonces un desconocido obrero
español, y que en los años '30 figuraría en las primeras planas de la prensa mundial
que reportaba la Guerra Civil Española: el general Enrique Líster.
Transcurriendo 1921,
el presidente Zayas ordenó la suspensión de los trabajos del Capitolio. Cinco años
después, bajo el mandato de su sucesor, Gerardo Machado y Morales, se reanudaría la
edificación.
Machado, como el gobernador colonial Tacón, tenía dos
pasiones maniáticas: aplastar las libertades públicas y edificar construcciones
colosales. El Capitolio fue concordante con esta última manía.
Que hablen las cifras: hay en ese enorme edificio 25
millones de metros cúbicos de piedra, tres y medio millones de pies de madera, cuarenta
mil sacos de yeso, 150 mil barriles de cemento, cinco millones de ladrillos.
Albergaba cien relojes y, a pesar de lo barato del fluido
eléctrico en aquella época, gastaba 85 pesos de electricidad por hora.
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