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Historia Reseñas
A Cien años del Tratado de París

Por Evelio Tellería

1898. España estaba exhausta, sin recursos ni energías para continuar la guerra que durante tres décadas sostuvo contra los patriotas cubanos. El desenlace a favor de los cubanos era sólo cuestión de tiempo, según reconocían incluso jefes del ejército colonial. Entró entonces en la guerra hispano-cubana una potencia que marcaría la historia de la isla en el próximo medio siglo: Estados Unidos. Llegada su derrota, las fuerzas de Madrid no tenían otro camino que aceptar la capitulación y solicitar la paz.

Tras la firma de un armisticio y maniobras diplomáticas, representantes españoles y de Estados Unidos se reunieron en Francia para establecer un acuerdo de paz entre ambas naciones beligerantes. Así estaban las cosas el 10 de diciembre de 1898 cuando, a espaldas de los cubanos, fue suscrito el tratado de París, documento que ponía fin a la dominación colonial española en la Isla, pero al mismo tiempo la ataba de pies y manos para que el vecino del Norte hiciera de ella lo que quisiera.

Los representantes del pueblo cubano fueron excluidos de las negociaciones del Tratado de París, documento que en ninguno de sus artículos mencionaba la independencia de Cuba. En uno de sus párrafos plantea que, "en atención a que la Isla cuando sea evacuada por España va a ser ocupada por estados Unidos, mientras dure su ocupación tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que por el hecho de ocuparla les impone el derecho internacional para la protección de vidas y haciendas".

Hombres como Bartolomé Masó, Manuel Sanguily, Enrique Collazo, Salvador Cisneros Betancourt y otros patriotas manifestaron su justo repudio a la política intervencionista yanqui dirigida contra la legítima independencia cubana.

Además de imponer un régimen militar encabezado por un general norteamericano, el tratado de París le otorgaba a Estados Unidos la posesión de territorios pertenecientes al colonialismo español como las islas de Puerto Rico, Guam y el archipiélago de las Filipinas. Ese era el botín de guerra de una potencia vencedora que imponía las condiciones con las que intervenía en esas tierras, demostrando abiertamente su voracidad imperialista. Las intenciones del poderoso vecino del norte eran evidentes desde el primer momento bajo el disfraz de una supuesta ayuda generosa del pueblo cubano.

Con el Tratado de París, hace 100 años, el gobierno de la Isla no pasó a manos de los patriotas cubanos, quienes habían librado dos guerras de liberación por su absoluta y total independencia. El sueño de los grandes próceres cubanos quedó pospuesto hasta enero de 1959.


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