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Casi
un año después
Por
Iván Becerra
La reacción del gobierno de George Bush a los atentados del
once de septiembre le ha complicado la vida a los estadounidenses
y al resto del mundo.
Casi
un año después de los ataques a las torres gemelas
y al Pentágono, la Unión es un país matizado
por falsas o inventadas alarmas, bombardeos sobre Afganistán
que han costado miles de víctimas civiles y una economía
que, lejos de estabilizarse, se estremece por docenas de escándalos
de corrupción.
La
repercusión social de esos hechos es evidente. El consumo
de drogas, alcohol y tabaco aumentó bruscamente el año
pasado. Apenas quince por ciento de los norteamericanos considera
que la guerra de Afganistán fue un éxito.
La
Casa Blanca, mientras tanto, sigue perfilando los planes de agresión
a Iraq, en el contexto de una doctrina de defensa en la que no menos
de 60 Estados pueden ser blanco de acciones preventivas.
El ex presidente James Carter, en un comentario publicado en The
Washington Post, advirtió que...las acciones y declaraciones
unilaterales aíslan cada día más a Estados
Unidos. Ese punto de vista quizás sea el que mejor refleje
la situación, casi un año después del once
de septiembre.
El
Secretario de Estado, Collin Powell, acaba de vivir una experiencia
en ese sentido, en la reciente Cumbre de la Tierra. Allí
soportó una rechifla unánime del plenario, en los
momentos en que afirmaba que su país coopera con el desarrollo
sostenible.
En
temas como el Medio Ambiente, el bloqueo y la hostilidad contra
Cuba, la agresión a Afganistán y el proyecto de atacar
a Iraq, por sólo citar algunos, el gobierno de Busch cuenta
a estas alturas con poco o ningún apoyo, a menos que lo imponga.
Pero
imponer el terrorismo para combatirlo es una de las peores fórmulas
del absurdo.
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