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El valor de un hombre
Por
Iván Becerra
Cuando
todavía no era conocido como Alejandro, aprendió a
ser el preceptor de sí mismo. Entre estudios, deportes, exploración
y escalamiento de montañas había consolidado una ética
del alma en los bosques de Mayarí. A esa altura ya le parecían
inconcebibles el abuso, la injusticia y la humillación. Así
creció, con todos los destellos del futuro en las pupilas.
Mientras
la luz se filtraba por las ventanas de la escuela, en los claros
atardeceres habaneros, imaginaba otros lugares del mundo y de la
historia. Sus amigos de la infancia, cuyo recuerdo lo acompañaría
para siempre, se desplazaban en la memoria descalzos y necesitados.
Con
ellos lo había compartido todo: desde las primeras aventuras
de la niñez hasta comer maíz seco y tostado en los
humildes barracones de los inmigrantes haitianos. Mientras tanto,
el cuerpo y el espíritu se le robustecían de músculos
y proyectos.
Alejandro aprendió que un sentimiento noble y desinteresado
no vale nada sin una idea justa y correcta en qué apoyarse.
Era a la sazón, ya con 20 años, un devoto y profundo
admirador de José Martí y de las luchas independentistas.
Al
encontrarse con el Manifiesto Comunista comenzó a entender
el por qué de los fenómenos sociales y políticos.
No todo lo adverso del mundo, como decían los jesuítas,
es sólo consecuencia de la maldad, la inmoralidad o la perversidad
de los hombres.
Junto
con el Manifiesto y otros textos se dio cuenta de que existen factores
ajenos a la moral o la actitud individual. Y entonces, entendió
más la sociedad. De su pecho surgió una fuente de
solidaridad humana que nunca se ha extinguido, que
fluye hacia montañas, páramos y océanos. A
partir de ese instante ha librado un combate de más de medio
siglo en nombre de quienes carecen de un pedazo de pan en el mundo.
Alejandro tomó una espada y se enfrentó a la injusticia.
Sufrió hambre, presidio, sed e intemperie. Desafió
a los poderosos con su verbo encendido aún detrás
de las bayonetas. Revivió el sentido de dignidad nacional
y lo entregó a su pueblo.
Los
humildes del planeta lo llevan en el corazón, desde el Amazonas
hasta las Antípodas. Desde Africa hasta los barrios pobres
de Nueva York. A fuerza de entregarse devino compañero, hermano,
padre de todos los días, en la felicidad y la tristeza, en
las victorias y los reveses, en los éxitos y los errores.
Satisface verlo como siempre.
Nos
alegramos cada mañana de que exista. Nos felicitamos por
acompañarlo en sus proyectos, realizaciones y marchas, con
la misma espada en alto, escalando una montaña, infatigable,
hoy, cuando en su cumpleaños 76 nos sigue advirtiendo que
siempre es el momento de luchar.
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