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Tragedia
para meditar
Por
Néstor Nuñez
Los sangrientos
acontecimientos en Nueva York y Washington dejan a flor de piel una
conclusión abrumadora: no hay paraguas antimisiles ni otros
artilugios armamentistas que disipen las acciones terroristas
antinorteamericanas.
Los episodios del
martes último, cuando cuatro naves aéreas fueron estrelladas contra
inmuebles civiles y estatales de Estados Unidos, deberían estimular
las mentes de ciertos personeros para que, en vez de dedicar recursos
a llenar los bolsillos de los grandes consorcios bélicos, se
entregasen de lleno a una honesta empresa mundial que conjure a los
promotores de la barbarie.
Desde luego, para ello
habría que empezar por limpiarse por dentro y abandonar la práctica
oficial estadounidense de usar el terrorismo como un arma de ataque
contra aquellos que les resultan incómodos. Quien cría cuervos y
convive con ellos, puede esperar que en cualquier momento intenten
sacarle los ojos.
La violencia no
genera paz
La
tragedia que enfrenta el pueblo norteamericano es enorme. Por muchos
años vivirá el trauma de haber visto el pleno centro neoyorkino
envuelto en llamas y escombros, y totalmente vulnerable frente al
extremismo y el fanatismo.
Pero la terrible
experiencia pudiera ser tal vez el inicio de un serio análisis
interno sobre lo que condicionó semejante episodio. Washington no ha
practicado precisamente una línea ajena a la violencia en la arena
internacional, lo que le genera animadversión de todo signo, y a la
vez, forma y tolera en su interior a grupos extremos capaces de
cualquier acto bestial.
No se puede olvidar la
existencia en ese país de segmentos racistas y neonazis, organizados
y armados sin mayores prohibiciones, con una actitud hostil hacia las
autoridades centrales, y con más de un acto atroz en su
historial.
De lo que se trata
ahora es de hacer justicia, más que de clamar venganza. Y hacer
justicia implica actuar con mesura, serenidad y responsabilidad.
Desde luego, ya se
escuchan las voces de los oportunistas que derraman prepotencia y
pretenden aprovechar el dolor para trocarlo en odio ciego. Son los que
seguramente intentarán justificar nuevos escalones belicistas y
renovadas agresiones a partir de la desgracia.
Pero ciertamente, y lo
apuntaba el presidente Fidel Castro, la leña añadida a la hoguera
sólo puede derivar en incendio incontrolado. Hay que enterrar el
terrorismo, es cierto y necesario. Lo sabe Cuba por experiencia de
agredido permanente. Pero para ello se requiere de apuntar a sus
causas, y de sepultar definitivamente su práctica como política
oficial de manera mancomunada, sabia, serena y honesta.
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