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Especial

El racismo al banquillo

Por Néstor Nuñez

Enconada ha sido la lucha política para poder realizar en la ciudad sudafricana de Durban la Conferencia Mundial contra el Racismo. 

No son pocos los intereses que se han levantado contra esta suerte de juicio histórico, que pone en la palestra pública una de las peores excrecencias de los regímenes sociales instituidos sobre la explotación del hombre por el hombre. 

Porque el racismo, vendido e inculcado a escala universal por los eternos explotadores, ha sido un instrumento que ha pretendido justificar el violento saqueo de continentes enteros a manos de minorías opulentas y profundamente egoístas. 

Bajo el sortilegio de la superioridad de ciertas razas, la esclavitud robó millones de almas y las convirtió en bestias de carga. Ese sucio andrajo ha sido además el pretexto para encubrir guerras de rapiña y políticas interventoras de todo corte. 

Era de esperar que potencias que sustentaron su despegue económico sobre la explotación racista y aún incentivan esas prácticas, intentaran lanzar por tierra los esfuerzos para una cita exitosa en Durban. 

Estados Unidos, a la cabeza de otros exponentes del titulado occidente civilizador, hicieron lo indecible para cercenar criterios, mediatizar discusiones y demeritar el encuentro. 

Querían borrar de la memoria histórica el sufrimiento y el pesar de decenas de millones de personas. Deseaban pasar por alto el papel de verdugo que por centurias ha desempeñado el capitalismo en la siembra de prejuicios raciales. Su intención era ocultar, entre otros folios de sus ensangrentados expedientes, las matanzas de indígenas en América, la cacería y esclavización de africanos o la injustificable barbarie del nazismo. 

Lo terrible es que el racismo existe aún y se manifiesta todos los días. Las prácticas genocidas sembraron ideas malsanas y conducen a hechos deleznables. Ahí están las informaciones de grupos neofascistas que asesinan a ciudadanos del Tercer Mundo en la culta y refinada Europa. 

Se adjuntan las palizas y muertes de negros e hispanos en Estados Unidos a manos de los propios cuerpos policiales, o el hacinamiento de los pocos indígenas que sobrevivieron a las masacres de siglos anteriores. 

Se suma la violencia desmedida del sionismo, otro hijo predilecto del capitalismo contemporáneo, contra los pueblos árabes. Y es que el racismo es plato fuerte en el dominio imperial y, en consecuencia, la honestidad universal no puede dejar de hablar claro. 


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