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Respuesta digna, resuelta y enérgica del parlamento de todos los cubanos

Palabras de Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la apertura de sesión extraordinaria del Parlamento, convocada para analizar el Proyecto de Modificación Constitucional propuesto por las organizaciones de masas y suscrito por más de ocho millones de cubanos.

Ciudad de La Habana, 24 de junio del 2002. "Año de los Héroes Prisioneros del Imperio".


Compañeras y compañeros:
Con la presencia de 535 diputados, que son el 92,56% de sus miembros, declaro iniciada la Sesión Extraordinaria de la Asamblea Nacional.

Participan en esta Sesión Extraordinaria, especialmente invitados, los integrantes de las direcciones nacionales de las organizaciones de masas y otros compatriotas que cumplen misiones de especial significación para nuestra sociedad o que expresan los más nobles sentimientos internacionalistas.

Nos acompañan también varios representantes de pueblos hermanos, familiares de nuestros Cinco Héroes Prisioneros del Imperio y el compañero Juan Miguel y su familia.

El orden del día es el que aparece en la convocatoria librada por el Consejo de Estado y suscrita por su Presidente, el compañero Fidel Castro.

Corresponde a la Asamblea pronunciarse respecto a una propuesta que nos presenta el pueblo en cuyo nombre actuamos.

Está avalada por 8 188 198 ciudadanos cubanos residentes en Cuba y más de 10 mil compatriotas que encontrándose en el exterior realizando diversas tareas también nos han hecho llegar su adhesión.

Los principales medios de comunicación del país están cubriendo directamente la Sesión.

Vamos a trabajar ante el pueblo y con el pueblo.

Recibiremos su mensaje, directamente, porque esta Asamblea es y siempre será instrumento de su voluntad y expresión de su poder.

Demostraremos la fuerza, la capacidad creadora y la virtud de nuestro sistema político.

Rendiremos homenaje a la verdadera democracia en un mundo en el que una tiranía ignorante y rapaz no solo amenaza gravemente a Cuba, sino que también avasalla a las demás naciones e intenta abolir en todas partes el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Antes de darles la palabra permítanme presentarles algunas reflexiones mías, que solo tratarán de un aspecto del tema que nos reúne.

Ustedes después seguramente ampliarán y profundizarán.

Cuando se anunció que George W. Bush iba a leer un par de discursos el 20 de mayo, uno de ellos en Miami, a nadie le pasó por la mente que fuera a disertar sobre democracia.

El mundo entero recordaba lo que ocurrió en noviembre del 2000. Incontables ciudadanos residentes allí, especialmente decenas de miles de negros, habían denunciado todo tipo de violaciones a sus derechos —que incluían su arbitraria exclusión de las listas de electores o la ilegal anulación de sus votos hasta impedirles físicamente acercarse a las urnas— y llevaban más de 19 meses esperando que se hiciera justicia.

El 5 de junio de 2001, tras exhaustiva investigación, la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos divulgó un informe con pruebas irrefutables sobre los atropellos cometidos en la Florida durante aquella elección contra afroamericanos, haitianos y miembros de otros grupos étnicos discriminados.

El Sr. Bush había guardado hermético silencio ante las denuncias públicas y las gestiones judiciales. Era comprensible tal discreción puesto que, después de todo, fue mediante esas violaciones y atropellos y no por los votos, que pudo apoderarse de la Casa Blanca.

Luego vendrían el atroz crimen del 11 de septiembre, la llamada guerra contra el terrorismo y la incesante retórica intimidatoria que sirvieron como útiles excusas para no responder reclamos ni protestas.

Sería erróneo suponer que la timidez privó al Sr. Bush de una magnífica oportunidad para ofrecer disculpas o que la incontinencia verbal le impidió simplemente callarse la boca.

En realidad todo lo hizo deliberadamente. Fue a reunirse con sus cofrades, a agradecer aquellas fechorías y a preparar la nueva farsa del próximo noviembre. Llevó a sus amigos, además, un regalo que haría público exactamente al día siguiente.

En efecto, el 21 de mayo, su Fiscal General anunciaba la decisión de no dar curso a la mayoría de las denuncias que habían esperado tan pacientemente la acción de la justicia. El terreno está listo para repetir la vergonzosa hazaña.

BUSH TUVO LA OSADÍA DE DESAFIAR A CUBA

Mientras fraguaba semejante escarnio a la legalidad, el Sr. Bush tuvo la osadía de desafiar a Cuba y pontificar sobre cuestiones electorales. Aunque reconoció, algo tardíamente, con más de un cuarto de siglo de retraso, que en Cuba realizamos elecciones, dio también muestras de supina ignorancia e insultó al mismo tiempo, en un solo acto, a dos pueblos: al cubano y al de los Estados Unidos.

Al norteamericano, porque la mayoría de ese pueblo no ha participado nunca en una elección. Muchos no lo han hecho porque saben que es algo ajeno, que no les pertenece, pues, con honrosas excepciones, los partidos y sus candidatos son controlados por las grandes corporaciones financiadoras de campañas cada vez más costosas, que los electos actuarán al servicio de quienes les pagan y jamás rendirán cuenta al pueblo.

Otros, muchos también, no votan sencillamente porque no les permiten votar, porque todo el sistema —desde el arbitrario y complejo procedimiento para adquirir y mantener la condición de elector hasta la injusta y discriminatoria norma de celebrar las elecciones siempre en día laborable— está diseñado para excluir de él a los pobres y a las personas de bajos ingresos.

El sistema electoral más costoso del planeta, el que derrocha miles de millones de dólares en propaganda demagógica y en sostener maquinarias corruptas, no destina un solo centavo a promover la inscripción de los electores ni a facilitarles el voto o a asegurar su escrutinio honesto y transparente.

Los gobernantes de Estados Unidos acostumbrados a apropiarse de tantas cosas que no son suyas, han creído posible hacer lo mismo con la idea de la democracia.

Ese milenario concepto, ese ideal por el que la humanidad ha luchado a lo largo de los siglos, ha sido secuestrado por Washington que lo ha vaciado de contenido real y lo ha reducido a barata consigna publicitaria para consumidores que supone imbéciles.

Para el imperio, democracia es única y exclusivamente la llamada "representativa" y esta se reduce, también única y exclusivamente, a la celebración de elecciones periódicas, las cuales tienen que ser "competitivas" entre dos maquinarias que escogen a los supuestos competidores.

Este dogma yanki ha encontrado obedientes adeptos entre los políticos burgueses de este Continente, ha sido un exitoso producto de exportación. Tiene, sin embargo, un defecto de fábrica: no existe en los propios Estados Unidos. Allí, salvo excepciones, no hay tal "competencia".

El factor decisivo en todas las elecciones es el dinero, el respaldo financiero de los grandes intereses que se concentran en sostener a sus representantes. De ahí la enorme ventaja que tienen quienes aspiran a reelegirse en los cargos que ya ocupan desde donde acumulan recursos financieros normalmente superiores a los de su oponente.

En las elecciones del 2000 más del 90% de los congresistas buscaron reelegirse y de ellos más del 99% fue reelecto. En el lenguaje ordinario estas son las llamadas elecciones "cerradas" donde, con muy escasas excepciones, se sabe de antemano quién será triunfador y muchas veces la alternativa es puramente simbólica.

Ese año, además, hubo 64 escaños para los que se presentó solo el incumbente. Y no olvidemos que el actual Presidente recibió medio millón de votos menos que su oponente.

La verdadera competencia en las elecciones norteamericanas es entre las maquinarias politiqueras y el pueblo al que tratan de atraer infructuosamente. El resultado es conocido. Hace décadas el abstencionismo es el gran vencedor. Y el por ciento de abstenciones es en verdad mucho más alto que el reflejado en las estadísticas.

Como se sabe las cifras oficiales reconocen que menos de la mitad de los electores concurren a las urnas. Pero esas cifras están infladas por el fraude. La sociedad racista que impide a muchos votar concede a otros la posibilidad de votar varias veces además de aquellos que lo siguen haciendo después de muertos.

JOSÉ MARTÍ HABÍA DESENMASCARADO YA LA PODREDUMBRE DE
UN SISTEMA ESENCIALMENTE FRAUDULENTO

Una investigación hecha en 11 estados y publicada el pasado 13 de junio reveló que, en esos estados, al menos 140 109 personas aparecían inscritas como electores en dos o más circunscripciones distintas. Por ejemplo 7 475 electores de New Jersey figuraban también en las listas de votantes de la Florida.

José Martí había desenmascarado ya la podredumbre de un sistema esencialmente fraudulento que hizo afirmar al Presidente Wilson hace casi un siglo: "El gobierno que fue diseñado para el pueblo ha caído en las manos de los patronos y sus empleadores, los grandes intereses. Un imperio invisible se ha instalado encima de las formas de la democracia". Y en aquellos tiempos nadie había oído hablar aún de Watergate ni de Enron ni de las "boletas mariposas" u otras diabólicas invenciones floridanas.

En Cuba, desde 1976, hemos desarrollado un sistema completamente diferente. Al calificar de fraudulentas a nuestras elecciones, el Sr. Bush ha insultado a todo el pueblo cubano. A los 277 277 candidatos a delegados municipales, que fueron postulados directamente por sus vecinos, en asambleas abiertas y públicas en las que participaron millones de electores y entre esos candidatos eligieron después a 127 894 quienes han cumplido su honrosa misión en constante comunicación con su comunidad, rindiéndole cuenta de su labor y sin cobrar un solo centavo o adquirir ventaja alguna. 1 377 de esos delegados de base fueron elegidos también como diputados a la Asamblea Nacional o delegados a las asambleas provinciales para el 51,38% de la membresía de ambas en todo el periodo.

En el más reciente proceso electoral, fueron efectuadas 37 030 asambleas de vecinos, en las que participaron 6 646 264 personas que postularon 31 003 candidatos entre los cuales fueron electos —en elecciones libres, limpias, sin fraude— los 14 686 delegados que integran hoy nuestras Asambleas Municipales.

Son esos delegados, seleccionados y elegidos directamente por la población —y no por camarillas al servicio de los ricos— quienes en nombre del pueblo han postulado a los candidatos a diputados y delegados provinciales.

Para la última elección después de haberse realizado un millón 300 mil consul-tas, fueron considerados como precandidatos 56 187 personas. Todos los electos, para cualquier cargo, han obtenido más del 50% de los votos. Todos rinden cuenta de su labor, todos son revocables, ninguno recibe prebendas o privilegios.

En nuestros procesos electorales ha intervenido la casi totalidad de la población. En la nominación de los candidatos ha participado más del 85% de los electores y en las elecciones el número de votantes ha superado siempre al 95%.

Millones de cubanos han tomado parte en comicios limpios y honestos como electores o integrantes de las mesas electorales o cumpliendo otras tareas de apoyo, incluyendo nuestros niños que han sido los únicos custodios de las urnas.

Hace ya más de dos siglos, Juan Jacobo Rousseau señaló la ficción que entraña limitar la libertad ciudadana a depositar un voto periódicamente y delegar en un re-presentante la soberanía popular.

Para él, como para nosotros, la democracia solo puede surgir de la igualdad entre los hombres y necesita traducirse en la más amplia y sistemática participación del pueblo en el gobierno de la sociedad.

Desde 1959 el cubano ha sido el principal protagonista de su Revolución, su esfuerzo consciente y libre ha sustentado la inmensa obra que hemos creado y la tenaz y heroica resistencia a la que nos ha obligado la agresión extranjera. Imposible e innecesario sería intentar reseñarlas aquí.

Sí debo mencionar que nuestro Parlamento y nuestras asambleas locales no han actuado nunca como instancias elitistas, separadas del pueblo, arrogándose representarlo sin contar con él. Nuestras principales decisiones se han adoptado siempre después de amplia y abierta reflexión con los más diversos sectores o a partir de la iniciativa del propio pueblo como es el caso de nuestra Sesión de hoy.

Así discutimos con todo el pueblo los graves problemas económicos que afrontamos al inicio del periodo especial, impulsamos los parlamentos obreros y analizamos en cada rincón del país los textos fundamentales que han servido para encarar una situación compleja y difícil.

EL MÉTODO DE TRABAJO Y EL ESTILO DE UNA ASAMBLEA
VERDADERAMENTE DEMOCRÁTICA Y POPULAR

Ese ha sido el método de trabajo y el estilo de una Asamblea verdaderamente democrática y popular.

Los estamos aplicando ahora mismo con la elaboración de un Proyecto de una nueva Ley de Cooperativas Agropecuarias en cuya discusión han participado 212779 cooperativistas y sus familiares en incontables reuniones y en 3 351 asambleas realizadas en las bases campesinas con la presencia de nuestros diputados.

Así actuamos en el país que, según el Sr. Bush, es el único del Hemisferio que no es democrático. Entretanto en los países supuestamente democráticos decisiones que afectan los derechos más elementales de los pueblos son adoptadas cada día sin que se le pida opinión a nadie, sin que las examinen siquiera en sus parlamentos.

De ese modo estuvieron a punto de imponer al mundo un Acuerdo Multilateral de Inversiones. Así ha ido avanzando, en la oscuridad, el plan anexionista del ALCA que es, en esencia, un Acuerdo semejante para este Continente. Quizás él recuerde la indignada protesta que encontró no hace mucho en Quebec. ¿O es que acaso la doble muralla que lo protegía le impidió escuchar el clamor de los pueblos? Era democracia, precisamente, lo que exigían.

Es democracia, consulta a los trabajadores, a los campesinos, a las mujeres, a los jóvenes, a la sociedad civil, lo que reclama el Foro Social de Porto Alegre frente a la tiranía globalizadora que pretende aniquilar nuestras naciones sin siquiera cubrir las apariencias de la llamada "democracia re-presentativa".

Ya en Estados Unidos el Sr. Bush consiguió hacer aprobar una ley que le permitirá concluir la elaboración del ALCA sin la intervención del Congreso. A ese ilustre y democrático parlamento le quedará solamente la función de poner el cuño de aprobación al texto que se sigue fraguando en secreto.

No intentaré convertir al Sr. Bush en un demócrata. No le pediré que abogue por el derecho del pueblo a postular a sus candidatos ni a que le rindan cuentas y pueda revocarlos, no intentaré convencerlo de que el voto de la mayoría es requisito de toda elección democrática.

No imagino persuadirlo a estas alturas de que el mérito y la virtud deben prevalecer sobre el dinero y el cohecho. Mucho menos trataría de convencerlo de que todos los trabajadores de su país deberían poder organizar sindicatos, algo que apenas posee hoy el 13% y a reclamar salarios justos, a recibir educación y atención médica gratuitas.

Pero ya que se atribuye caprichosamente la capacidad de dar lecciones a otros sobre temas que él ignora totalmente, y por consideración al pueblo norteamericano, que sí merece y tiene nuestro respeto, valdría la pena emplazarlo a que haga algunas cosas que están a su alcance y corresponden con la voluntad de ese pueblo.

Revierta, Sr. Bush, la arbitraria e injusta decisión que anunció su Fiscal General el pasado 21 de mayo y permita que se investiguen todas las quejas y denuncias presentadas por los ciudadanos cuyos derechos fueron pisoteados en las elecciones del 2000.

¿Es que tiene algún motivo para estar preocupado por la acción de la justicia? ¿O teme acaso que alguien recuerde la XIV y XV Enmiendas de la Constitución norteamericana, puestas en vigor desde 1868 y 1870 y la Ley del Derecho al Sufragio supuestamente para aplicarlas, conquistada finalmente en 1965 con su abnegada lucha por los afroamericanos?

Use, Sr. Bush, su autoridad para lograr que se emprenda una reforma a fondo del sistema de financiamiento a las campañas electorales que ponga límites verdaderos a los gastos y las contribuciones y elimine el soborno y la influencia que ejercen las grandes corporaciones; que se establezca la inscripción automática, universal y gratuita de todos los ciudadanos en edad electoral y se acaben las restricciones y obstáculos que limitan esa posibilidad a gran parte de los norteamericanos; que se declare feriado nacional el día de las elecciones y se adopten otras medidas para facilitar la concurrencia a las urnas a millones de trabajadores a quienes ahora es casi imposible hacerlo.

Para promover estas acciones no hace falta una revolución. Ellas existen en otros países capitalistas desarrollados. Permita así a millones de norteamericanos descubrir qué cosa es votar en unas elecciones.

Devuélvale, Sr. Bush, al Congreso la facultad de conocer y analizar las negociaciones secretas del ALCA. Propóngale a su Parlamento ir más allá. Convoque a los sindicatos, a los ecologistas, a la sociedad civil norteamericana, permítales saber de las consecuencias de ese acuerdo para los trabajadores, para el medio ambiente y para el futuro, escuche las opiniones del pueblo con la misma atención que reserva a las grandes corporaciones y a sus amigos de la mafia terrorista de Miami.

ANTE LA INSOLENCIA DE BUSH, PALIDECE LO QUE HACE UN SIGLO
SIGNIFICÓ LA ENMIENDA PLATT

El Sr. Bush ofendió gravemente al pueblo cubano. Dejemos a un lado sus pintorescas falsificaciones de la historia o del pensamiento de Martí y de Varela. Ofendió sobre todo con su insolente desconocimiento a la independencia de la nación cubana, su promesa de intensificar la guerra económica y la subversión interna —ahora con el anuncio del financiamiento directo a sus asalariados domésticos— e incluso con amenazas de agresión militar.

Ante su insolencia palidece lo que hace un siglo significó la Enmienda Platt. Porque si entonces el imperio se arrogó el derecho a intervenir en los asuntos internos de nuestro país, ahora el emperador va más allá y pretende definir cómo tendría que ser esa Cuba futura. Eso que él llama, con insuperable torpeza, la "nueva Cuba" es, según sus palabras, la Cuba "de hace casi 50 años, de hace casi medio siglo".

Nada más y nada menos. O sea, la Cuba de Batista, la del latifundio y los desalojos campesinos, la del desempleo, la miseria y el abandono, la del analfabetismo y la insalubridad, la del racismo y la discriminación racial y la corrupción, los asesinatos y la tortura.

No lo dijo en un discurso cualquiera. El Sr. Bush profirió tal insulto precisamente rodeado de batistianos y latifundistas y criminales, entre vítores y aplausos de sus socios terroristas de ayer y de hoy.

A la despreciable pandilla fue a prometerle que le devolverá aquella Cuba. ¿Cómo era ese país según el Censo de enero de 1953? ¿Qué reflejaban las cifras suministradas por el propio régimen batistiano?

Un país donde solo el 36,8% de la población económicamente activa tenía trabajo regular, y en contraste con 90 982 mujeres empleadas en el servicio doméstico había solo 13 científicas, había más de un millón de analfabetos y 1619 535 niños y jóvenes, unos dos tercios del total, no asistían a ninguna escuela, carecían de electricidad más del 91% de las viviendas campesinas, el 70% de las cuales eran de yagua y tierra, no tenían agua potable el 92,7% de las viviendas rurales y el 45,4% de las urbanas, no había refrigerador o nevera en el 96,5% de las viviendas rurales y el 62,5% de las urbanas ni disponían de baño o ducha el 90,5% de las rurales y el 35,1% de las urbanas.

Estas son apenas algunas cifras del Censo realizado por la dictadura batistiana con datos recopilados en un momento de auge económico, en medio de la zafra azucarera. Algunos años después, entre 1956 y 1957, una entidad católica nada sospechosa de radicalismo realizó una encuesta entre los campesinos y trabajadores del campo.

Veamos qué encontró: El 36% padecía de parasitismo intestinal, el 31% tenía paludismo, el 14% era tuberculosa y el 13% sufría tifoidea; solo consumía leche el 11,22%, harina de maíz el 7%, carne el 4%, pan el 3,36%, huevos el 2,12% y pescado menos del 1%; y finalmente el 73,46% carecía de trabajo.

¿Cree verdaderamente el Sr. Bush que volverá a hundirnos en ese infierno de injusticia? ¿Imagina por un momento que vamos a entregarle a esa mafia corrupta y criminal nuestras tierras, nuestras casas, nuestras fábricas, nuestras escuelas y hospitales, nuestros centros de investigación y de cultura, nuestros círculos infantiles y nuestros hogares de ancianos?

¿Supone acaso que los cubanos renunciarán a la obra realizada, entregarán su soberanía, traicionarán a su historia y a su Patria?

La respuesta, vigorosa y unánime, se la ha dado ya el pueblo de un extremo a otro del archipiélago cubano. La respuesta digna, resuelta y enérgica se la dará ahora este Parlamento de todos los cubanos.


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