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DISCURSO DE FIDEL CASTRO RUZ EN LA SESIÓN CONMEMORATIVA DEL 50º ANIVERSARIO DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD

Palacio de las Naciones, Ginebra, Suiza, 14 de mayo de 1998.


Excelencias;

Autoridades de la OMS;

Distinguidas delegaciones:

¡Honor a la Organización Mundial de la Salud, que junto a la UNICEF ayudó a salvar la vida de cientos de millones de niños y de millones de madres; que alivió los sufrimientos y salvó de la muerte a otros muchos millones de seres humanos! Estas dos instituciones, junto a la FAO, el PNUD, la UNCTAD, el PMA, el Fondo Mundial de Población, la UNESCO y otras, tan combatidas por aquellos que quisieran borrar de la Tierra las nobles ideas que inspiraron la creación de Naciones Unidas, han contribuido decisivamente a forjar una conciencia universal de los graves problemas del mundo de hoy y los grandes desafíos que tenemos por delante.

Si la economía mundial, según cálculos de prestigiosos analistas, creció seis veces y la producción de bienes y servicios pasó de menos de 5 billones a más de 29 billones de dólares entre 1950 y 1997, ¿por qué mueren todavía cada año 12 millones de niños menores de 5 años, es decir, 33 mil por día que podrían salvarse en su inmensa mayoría? En ningún lugar del mundo, en ningún genocidio, en ninguna guerra se matan tantas personas por minuto, por hora y por día como las que matan el hambre y la pobreza en nuestro planeta 53 años después de creada la Organización de las Naciones Unidas.

Los niños que mueren y que podrían salvarse, son casi en un ciento por ciento pobres; y de los que sobreviven, ¿por qué cada año 500 mil quedan ciegos por falta de una simple vitamina que cuesta al año menos que una caja de cigarrillos? ¿Por qué 200 millones de menores de 5 años están desnutridos? ¿Por qué 250 millones de niños y adolescentes trabajan? ¿Por qué 110 millones no asisten a la escuela primaria y 275 millones están fuera de la escuela secundaria? ¿Por qué 2 millones de niñas son prostituidas cada año?

¿Por qué en ese mundo que produce ya casi 30 billones de dólares en bienes y servicios por año, 1.300 millones de seres humanos viven en pobreza absoluta? ¿Por qué reciben menos de un dólar diario per cápita, cuando hay quienes reciben más de un millón de dólares cada día? ¿Por qué 800 millones carecen de los más elementales servicios de salud? ¿Por qué de los 50 millones de personas que en total fallecen cada año en el mundo, adultas o niños, 17 millones, es decir, aproximadamente 50 mil cada día, mueren de enfermedades infecciosas que podrían casi todas curarse o, mejor todavía, prevenirse a tiempo muchas de ellas, a un costo que a veces no rebasa un dólar per cápita?

¿Cuál es el precio de una vida humana? ¿Cuánto cuesta a la humanidad el injusto e insoportable orden económico establecido en el mundo?

Quinientas ochenta y cinco mil mujeres fallecieron en 1996 durante el embarazo o el parto, el 99 por ciento en el Tercer Mundo; 70 mil por abortos en malas condiciones, 69 mil de ellas en América Latina, África y Asia.

Aparte de la diferencia abismal en la calidad de vida, en los países ricos las personas viven, como promedio, 12 años más que en los países pobres; en determinadas naciones la diferencia entre los más ricos y los más pobres es de 20 a 35 años.

Es muy triste pensar que solo en la esfera materno-infantil, a pesar de los esfuerzos de la OMS y de la UNICEF, en los últimos 50 años murieron por falta de servicios médicos más de 600 millones de niños y 25 millones de madres que pudieron sobrevivir. Ello habría requerido un mundo más racional y justo. Durante ese mismo período de posguerra, en la esfera de los gastos militares se invirtieron más de 30 millones de millones de dólares. Según estimados de las Naciones Unidas, el costo de lograr el acceso universal a servicios básicos de salud equivaldría a 25 mil millones de dólares anuales, un 3 por ciento de los 800 mil millones de dólares que actualmente se invierten en gastos militares. Y ya no hay guerra fría.

El comercio de armas, que son para matar, no se detiene, y los medicamentos, que debieran ser para salvar vidas, se venden cada vez más caros. El mercado de medicamentos en 1995 ascendió a 280 mil millones de dólares. Los países desarrollados, con el 14,6 por ciento de la población mundial, 824 millones de habitantes, consumen el 82 por ciento de los medicamentos; el resto del mundo, 4.815 millones, consume solo el 18 por ciento. Los precios son realmente inaccesibles para el Tercer Mundo, donde sólo los sectores privilegiados pueden consumirlos. El control de las patentes y los mercados por las grandes transnacionales, les permite elevar esos precios hasta más de diez veces sus costos de producción. Algunos antibióticos de última generación tienen en el mercado un precio 50 veces mayor que su costo.

Pero la humanidad sigue creciendo. Somos ya casi 6 mil millones. Crecemos a un ritmo de 80 millones por año. Los primeros mil millones tardaron en alcanzarse dos millones de años; los segundos mil millones, cien años; los últimos mil millones, once años. En cincuenta años más habrá 4 mil millones de nuevos moradores en el planeta.

Viejas enfermedades volvieron a emerger. Surgen otras nuevas: SIDA, ébola, hantavirus, encefalopatía espongiforme bovina. Más de 30, según los especialistas. O derrotamos el SIDA, o el SIDA acabará con muchos países del Tercer Mundo. Ningún enfermo pobre puede pagar los 10 mil dólares por persona al año que cuestan los actuales tratamientos, que aunque prolongan la vida, no curan la enfermedad.

Cambia el clima, se calientan los mares y la atmósfera, se contaminan el aire y las aguas, se erosionan los suelos, crecen los desiertos, desaparecen los bosques, escasean las aguas. ¿Quién salvará nuestra especie? ¿Las leyes ciegas e incontrolables del mercado; la globalización neoliberal; una economía que crece por sí y para sí como un cáncer que devora al hombre y destruye la naturaleza? Ese no puede ser el camino, o lo será solo un período muy breve de la historia.

Contra estas realidades lucha heroicamente la Organización Mundial de la Salud, y tiene, además, el deber de ser optimista.

Como cubano y como revolucionario, comparto su opti-mismo. Cuba, con una mortalidad infantil de 7,2 por mil nacidos vivos en el primer año de vida; un médico cada 176 habitantes, que es el más elevado índice del mundo, y una perspectiva de vida que rebasa los 75 años, cumplió ya desde 1983 el Programa de Salud para Todos en el Año 2000. A pesar del cruel bloqueo que sufre desde hace casi 40 años, a pesar de ser un país pobre del Tercer Mundo. El intento de practicar el genocidio contra nuestro pueblo nos hizo multi-plicar nuestras fuerzas y nuestra voluntad de sobrevivir. ¡El mundo también puede luchar y vencer!

Muchas gracias (Ovación). 


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