|
La
pelota revolucionaria y sus dignos laureles a la Patria
Por
Néstor Núñez
Cuando el 14 de enero
de 1962, el presidente cubano Fidel Castro, lanzó la primera bola en
el Estadio Latinoamericano, de Ciudad de La Habana, rebosante de
público y entusiasmo, se iniciaba la nueva historia del béisbol en
la mayor de las Antillas.
Hasta entonces el
entretenimiento nacional por excelencia se constreñía a un lucrativo
negocio, en el cual los dueños de los equipos existentes, Habana,
Almendares, Cienfuegos y Marianao, junto a magnates norteamericanos de
ese deporte, prostituían el espectáculo y llenaban sus bolsillos.
La pelota rentada era
un simple rejuego comercial. Los atletas eran considerados una
mercancía más y las series, que habían nacido en diciembre de 1878,
una fuente de recaudación donde las apuestas, sobornos y coimas
estaban a la orden del día.
Jorge Alfonso, jefe de
la Sección Deportiva de la revista Bohemia, recordó en una reciente
entrevista, que luego del triunfo revolucionario de 1959, y para
dañar el espectáculo beisbolero cubano, Estados Unidos suprimió los
permisos para que atletas de ese país y cubanos contratados en las
ligas norteamericanas, vinieran a jugar a la Isla.
Para algunos era la
bancarrota del entretenimiento nacional. Sin embargo, indicó Alfonso,
la respuesta fue el surgimiento de una pelota realmente nacional, que
aglutinó a los mejores exponentes de todo el país organizados en
cuatro equipos nacionales representativos de las dos zonas
geográficas tradicionales de Cuba.
Nacieron así las
selecciones de Habana, Occidentales, Azucareros y Orientales.
Refirió Jorge Alfonso
que junto a la serie inicial de 1962,
los torneos ulteriores lograron cautivar a la afición cubana.
Surgieron de esos topes
los grandes nombres que a lo largo de cuatro decenios han traído
glorias al deporte nacional.
En corto tiempo –
indicó el comentarista de Bohemia – resonaron los nombres de
figuras como Urbano González, Pedro Chávez, Ricardo Lazo, Alfredo
Strít, Fidel Linares, Modesto Verdura o José Antonio Huelga, por
sólo citar unos pocos.
De aquella etapa de
mercantilismo – concluyó Jorge Alfonso- sólo ha quedado el justo
reconocimiento y el recuerdo de quienes antes dieron gloria en el
terreno de juego y después entregaron su experiencia como
instructores de las nuevas generaciones.
Sin dudas el béisbol
cubano es un deporte de glorias. La históricas figuras de ese deporte
llenaron de satisfacción a los aficionados locales desde la temprana
fecha de 1926,
con el triunfo en los Centroamericanos de Ciudad de México.
A ellos seguirían los
campeonatos mundiales conquistados en el 39, el 40, el 42 y el 43,
todos en el estadio de La Tropical. Pero sin dudas es a partir de la
pelota revolucionaria que la Isla alcanza planos estelares.
Un deporte masivo,
amplio, sano y libre, hizo saltar al béisbol nacional a alturas
inconmensurables , y adjudicarse una cadena de victorias que no cesa,
pese a lógicos reveses transitorios.
Fue en San José, Costa
Rica, en 1961,
con la conquista de otro cetro mundial, que se abrió la nueva etapa.
Momentos
inolvidables
Un
recuento detallado de todas las victorias del béisbol cubano sería
interminable. La síntesis, sin embargo, nos permite agrupar números
y motivar el recuerdo de quienes vivimos aquellas etapas.
Ahí están los ocho
títulos Centroamericanos de nueve posibles, o los nueve Panamericanos
de los diez a los que se ha asistido. A ellos se suman dos victorias
en tres Juegos Olímpicos, y ocho en las once Copas
Intercontinentales.
Por último, la gran
hazaña de haber ganado los quince Campeonatos Mundiales que se han
efectuado. Sin dudas no
se puede pedir más.
Son realidades que
demuestran la calidad de la pelota revolucionaria que por estos días
inició su campeonato número 40,
con el propósito de persistir en una trayectoria tan destacada y
relevante.
La Federación Cubana
de Béisbol inició esta serie con la nominación de mentores
debutantes, y otros que retornan al terreno, todos imbuidos de llevar
al triunfo a sus respectivos equipos.
El pueblo, por su
parte, espera asistir a un serie combativa, reñida, donde brille la
variedad de tácticas, en un espectáculo colorido y que sirva para
mejorar aún más la actuación de cada colectivo.
Es de esperar que esta
serie 40,
por su significación y por la experiencia que supone, marque un giro
de excepción a favor de una ganancia general para nuestro deporte
rey. Es el deseo de todos, directivos, jugadores y aficionados.
Ese certamen es un
hecho que se materializa desde el 26 de noviembre en todos los
terrenos de juego de la Isla. El prólogo no pudo ser más emotivo y
prometedor.
El duelo a 16
entradas entre Santiago de Cuba, campeón nacional la pasada
temporada, y Pinar del Río, el subcampeón, resultó un inmejorable
adelanto de lo que puede ser esta jornada que debe concluir a mediados
del año que toca a las puertas.
Mucho espera la
afición de esta serie, sobe todo en el mejoramiento de los mecanismos
que aseguren una selección nacional más perfecta para los futuros
topes con novenas de otras latitudes.
La experiencia de
Sidney pesa mucho en esa esperanza de los amantes del deporte de la
bolas y los strikes.
Un particular momento
en el inicio de la 40 serie nacional de pelota fue el homenaje a los
peloteros que iniciaron aquella nueva etapa en el pasatiempo nacional.
A los que aún viven y a los que físicamente no están.
Los atletas que
entonces iniciaban el camino de gloria del deporte revolucionario
merecían sin dudas un abrazo de todos en instante tan señalado.
Para los hombres y
mujeres de la prensa, fue también momento de recordación de los
colegas que entregaron lo mejor de sus conocimientos y experiencias en
la divulgación de cuanto ha acontecido en los terrenos por cuatro
décadas.
Compañeros como el
cronista Enrique Capetillo, creador del popular espacio radial "Palco
211", fallecido apenas unas semanas atrás, y con cuyos certeros
juicios no podremos contar en lo adelante.
Porque, ciertamente,
las series nacionales de pelota han sido en Cuba, desde hace cuatro
décadas, eventos amplios, participativos y movilizadores.
Y si hay que rendir
tributo, habría que extenderlo a todos los aficionados de la nación
que todos los años colman las gradas, animan a sus equipos, discuten
y opinan en las calles,
y disfrutan y a la vez aportan al colorido y valía de cada torneo.
Si Cuba
es una potencia
beisbolera, y nadie puede dudarlo, es por esa conjunción y cohesión
entre la infinidad de factores que concurren en el éxito de cada
encuentro.
En todos estos años ha
quedado demostrado que pelota revolucionaria habrá por mucho tiempo
más, porque ha sido, sin dudas, la que ha llenado de dignos laureles
a la patria.
Artículos anteriores
-Un ajedrecista de
todos los tiempos
-Cuba, segunda patria del béisbol
-Burda y premeditada maniobra para
perjudicar a Cuba en Winnipeg
-Cuba en camino hacia Sydney 2000
-En Houston...mentiras al descubierto
-El hockey cubano entró en medalla
-Winnipeg, eco triste de la globalización
informativa
-Cuba
y los Juegos Panamericanos de Winnipeg
-Más de un siglo de béisbol cubano
-La poca suerte de Kid Tunero
-Marrero, el guajiro de Laberinto
-Gilberto Torres....¡Qué pelotero!
-Historia de los triple plays: Acebey hizo
recordar...
-El deporte cubano: un genuino campo de honor
-Mundial de voli 1998: las cubanas campeonas para una
centuria
-José de la Caridad Méndez: el Diamante Negro
-Otro grande del boxeo cubano: Black Bill fue el
primero
-La anécdota que más dolió a Kid Chocolate |