La Habana, ciudad de paso de grandes figuras del arte, conocía en el pasado
de escasos espectáculos de ballet que llegaban de vez en vez y que, incluso, trajeron a
estas tierras a estrellas como Anna Pavlowa, además de espaciadas manifestaciones de
artistas criollos. Pero la suerte de tener un ballet autóctono, nacional, no llegó hasta
el 28 de octubre de 1948.Ese día, en el
Teatro Auditorium de La Habana, hoy Amadeo Roldán, surgió el Ballet Nacional de Cuba,
primera compañía profesional en la historia del país, que a su nacimiento sólo contó
con 16 cubanos entre sus 40 integrantes.
La fundación se debió a tres personas que marcarían para
siempre la historia de este arte danzaria en la isla: Alicia Alonso, Fernando
Alonso y Alberto Alonso, junto a quienes estuvieron bailarines
locales y extranjeros procedentes del Ballet de la Sociedad Pro Arte Musical de La
Habana (entre ellos Sonia Calero) y del Ballet Theatre de New York,
que desde el inicio comprendieron la grandeza de un emprendimiento que en pocas décadas
haría del conjunto uno de los mejores del mundo y sentaría escuela.
 Alicia
Alonso: Figura cimera del ballet cubano, imprescindible a la hora de hablar de la
historia de este arte en América y el mundo. Estudió en Cuba y en Estados Unidos con
eminentes profesores de la School of American Ballet. Inició su carrera en 1938 en
Broadway y luego estuvo en el American Ballet Caravan, el Ballet Theatre y el Ballet Ruso
de Montecarlo. Su histórico debut en el protagónico de Giselle (1943) y su trabajo junto
a coreógrafos como Balanchine, Fokine, Tudor o Agnes de Milles la convirtieron en Prima
Balerina Assoluta, rango con el que ha sido estrella invitada de las más famosas
compañías en todo el mundo. Sus coreografías han sido incorporadas al repertorio de
instituciones como la Scala de Milán, Opera de París, Opera de Viena, Teatro San Carlo
de Nápoles y Colón de Buenos Aires. Ha recibido numerosas distinciones en Cuba y el
extranjero. |
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Incomprensiones, desatención oficial, estrecheces
y enfrentamientos a los gobernantes de la pseudorrepública no fueron ajenos al
ballet, como tampoco al resto de las manifestaciones culturales siempre que buscaran la
verdadera cubanía y la nacionalidad. Grandes esfuerzos y un amor a la danza por encima de
todo permitieron que la compañía se abriera camino y se presentara en los más
disímiles lugares de Cuba y en salas de Latinoamérica y Estados Unidos.
En 1950, con medios propios y una exigua ayuda económica
arrancada al Estado por gestión de la Federación Estudiantil Universitaria y sectores
progresistas e intelectuales, se crea la Academia de Ballet Alicia Alonso,
que formaría una nueva generación de bailarines e incrementaría la presencia de cubanos
en la compañía. Se forjó aquí un serio trabajo pedagógico que, tomando elementos de
las escuelas existentes y moldeándolos con las características de la cultura cubana, la
tradición danzaria, el clima, el carácter y la idiosincrasia locales, llevaría a lo que
es hoy la Escuela Cubana de Ballet.
De esa valioso trabajo saldrían figuras como las llamadas cuatro
joyas (Mirta Plá, Aurora Bosch, Loipa Araujo y Josefina Méndez), Ramona de
Saá, Laura Alonso, Menia Martínez, Joaquín Banegas y Adolfo Roval, imprescindibles en
la historia del ballet cubano.
Entre 1948 y 1956, el Ballet de Alicia Alonso (llamado ya
Ballet de Cuba), realizó una labor de difusión de la cultura nacional y consolidó una
línea coreográfica en la que no faltaban clásicos y contemporáneos. En 1956,
negándose a servir de eje propogandístico al régimen del dictador Fulgencio Batista, la
compañía perdió la escasa subvención estatal y, tras una gira de protesta por todo el
país, recesó sus actividades, pero se mantuvo activa en aulas y salones.
En 1959, la ley 812 del gobierno revolucionario
garantizó su definitiva existencia, todo el apoyo material necesario y el reconocimiento
artístico y social. Dos años después, ya reorganizado, el Ballet Nacional de
Cuba se dio a la tarea de crear la Escuela Nacional de Ballet,
que desde 1966 ha sido cantera de figuras de alto nivel como Marta García, Ofelia
González, Jorge Esquivel, Amparo Brito, Lázaro Carreño, Fernando Jhones, María Elena
Llorente, Orlando Salgado, Rosario Suárez, Jorge Vega, Andrés Williams y José Zamorano.
Las últimas generaciones incluyen a bailarines que siguen
esa tradición de altísimo arte, entre ellos Carlos Acosta, Rolando Candia, Alihaydee
Carreño, José Manuel Carreño, Lourdes Novoa, Lienz Chang y Lorna Feijoó. Entre los
coreógrafos, cabe destacar a Gustavo Herrera, Alberto Méndez e Iván Tenorio.
En el panorama danzario de la isla tampoco ha faltado la danza
moderna. Existe, además, una compañía de danza folklórica.
Los conjuntos Danza Contemporánea de Cuba y Folklórico Nacional
han cosechado también grandes éxitos y cuentan con figuras y coreógrafos de renombre.
Existen otras muchas agrupaciones, como el Ballet de Camagüey (danza
clásica); Retazos, Danza Abierta (de Marielena Boán), Danza
Combinatoria, Estudio Academia de Danza Narciso Medina,
Teatro de la Danza del Caribe (Santiago de Cuba), Danza Libre
(Guantánamo), Codanza (Holguín), Danza del Alma (Villa
Clara) y Danza Espiral (Matanzas).
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