| Centenario
de Dulce María Loynaz
Dama y señora
de esencias cubanas
Por
Cintio Vitier
Después
de las más altas voces femeninas de nuestro siglo XIX, la
recia Tula (Gertrudis Gómez de Avellaneda) y la suave Luisa
(Pérez de Zambrana) —raros ejemplos de la plenitud
expresiva a que pudo llegar la mujer en tiempos difíciles
para el despliegue de sus dones—, no nos quedamos atrás
en nuestro tiempo poéticamente hazañoso siglo XX con
la aparición, desde los años veinte, de la voz única,
vibrátil como sensible perfil de cierva huidiza, de esta
dama y señora de esencias cubanas a la que hoy rendimos tributo
de admiración y de cariño.
Decir
Dulce María Loynaz —para salirnos del ámbito
acechante de un feminismo que muy poco tiene que ver con el duende
de su femineidad— equivale ya en la balanza del oído
de nuestro corazón, a decir también José Jacinto
Milanés o Juan Clemente Zenea o Julián del Casal.
El peso de su levitación poética los equivale. Sin
que apenas fuese advertida, y ello en gran parte por su vocación
de relieve en la ausencia, pasó su palabra la prueba de fuego
y ceniza de las circunstancias, las generaciones y las polémicas,
sin mustiársele el pétalo de una sílaba, y
ahora podemos verla tranquilamente instalada, sonriéndonos
sin más orgullo que modestia, en el Parnaso de los padres
y madres de nuestra poesía.
No
se piense, sin embargo, por el hecho de que al conjuro de su nombre
comparezcan de inmediato otros nombres tutelares, que la obra de
Dulce María pertenece a un pasado que, como el tiempo de
las nubes y las estatuas, no nos concierne —y esto sin contar
que las estatuas y las nubes, en cuanto criaturas que dialogan con
nosotros, nos conciernen tanto. Dijimos con toda premeditación
"los años veinte", porque ellos fueron los que
dieron el sabor y el tempo, a la vez que enarcaban las fuerzas espirituales
de nuestra maltrecha pero también gallarda República
—gallarda por lo mucho a que aspiraba y lo mucho que sembró.
En
el arremolinado lienzo de aquellas décadas que vieron el
fracaso de la revolución antimachadista, el repliegue intenso
y tenaz de nuestras energías culturales, la irrupción
de la nueva lucha finalmente victoriosa, ¿dónde situar
a Dulce María sino en lo inasible, en lo insituable? Pero
esa condición impar suya no queda fuera del lienzo, como
esas figuras inmóviles y ensimismadas que en el cuadro de
una batalla nos sorprenden y le dan una honda dimensión.
A propósito de sus versos y prosas poemáticas se ha
hablado de posmodernismo, de intimismo y de tales o cuáles
influencias contemporáneas, lo que ha sido un modo más
o menos didáctico de situarla.
Sin
negar esas visibles coordenadas, hoy sentimos que Dulce María
es sobre todo una poetisa, y por lo tanto una mujer, profundamente
republicana, surgida a la expresión lírica, con sus
especificidades familiares y temperamentales, en el justo reverso
de lo que pudiéramos llamar, tan histórica como mitológicamente,
La Habana de Rubén Martínez Villena. Si intentamos
imaginarla en otro ámbito, su mirada se nos desvanece. Y
aunque ella quiso huir, o más bien estar ausente o no estar,
y quiso convertir su vida en una novela sin tiempo y sin espacio,
basta leer la primera y la última página de Jardín
para convencerse de lo contrario. En efecto, en su destinado umbral,
leemos: "Bárbara pegó su cara pálida a
los barrotes de hierro y miró a través de ellos. Automóviles
pintados de verde y amarillo, hombres afeitados y mujeres sonrientes,
pasaban muy cerca, en un claro desfile cortado a iguales tramos
por entrecruzamiento de lanzas de la reja. Al fondo estaba el mar".
En
efecto, leamos, después de asistir a la sagrada lucha de
una mujer con un jardín que finalmente es una selva en el
fondo análoga a la de José Eustasio Rivera en La vorágine,
y es todo lo fascinante y demoníaco de la Naturaleza arrastrada
por el hombre en su caída; leamos de nuevo, al cabo de 350
páginas entre las que se cuentan algunas de las más
bellas y misteriosas de nuestra literatura, fechadas al término
de siete años en "La Habana, el 21 de junio de 1935,
a las siete menos cuarto de la tarde" (¡y quería
ser una novela sin tiempo y sin espacio!): "Los obreros palanquean
reciamente las vigas; las suben por el aire mordidas por las grúas
rechinantes, trenzadas por cadenas que se enrollan a las poleas
lentas, quejumbrosas... Son obreros obscuros que trabajan en silencio.
Pertenecen al sindicato de Trabajadores del Hierro; y a pesar de
todo, parecen tan cansados... El mundo ha progresado mucho. Los
automóviles siguen pasando verdes, amarillos, rojos... Pasando
como siempre, con su carga de hombres afeitados, de mujeres florecidas
de sonrisas (...) "Bárbara, por detrás, por arriba,
por abajo, por siempre... pega su cara pálida a los barrotes
de hierro..."
Si,
hubo una clausura, y en ella una sibilina gesta silenciosa, una
aventura espiritual que pertenece a la historia secreta de nuestros
estilos, a uno de los más ocultos, penumbrosos estilos de
nuestra historia, pero todo ello, con la búsqueda del amor
enredada en las raíces del ancestro, ocurría en un
adentro que suponía un afuera, y si queremos hoy entender
de veras lo que fue aquella República de la que venimos,
en la que se abrieron los caminos que tan difícil y dolorosamente
han llegado hasta nosotros, tenemos que entenderla en la completez
de su afuera y de su adentro.
Por
eso, y no por meras razones esteticistas, la poesía de Dulce
María Loynaz nos toca tan de cerca, tan a lo hondo: porque
en ella están algunos de los más oscuros enigmas que
nos han nutrido, algunas de las evaporaciones más penetrantes
de nuestro sufrimiento, algunos de los más inexplicables
consuelos y de las más altivas esperanzas de nuestro destino.
Y cuando decimos destino queremos decir, desde luego, nuestro único,
irrenunciable destino de libertad. (Fragmento de un ensayo
mayor sobre la poetisa cubana, escrito por el Premio Nacional de
Literatura y Premio de Literatura Latinoamericana y Caribeña
Juan Rulfo, Cintio Vitier, tomado
del periódico Granma.
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