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Mary
Juana o el Arte para creer
Por
Alberto Ajón León.
Quien acude desprovisto
de fe y de escepticismo a la casa de un artista, al taller en que
fragua el milagro o la magia de sus encarnaciones, accede al sagrario
donde la creación exorciza todas las soledades. De ese sitio
se regresa converso o descreído.
De los óleos
de Mary Juana Ferro nadie vuelve incrédulo, porque en ellos
se desborda la verosimilitud y la sinceridad del ofrecimiento artístico.
El desbordamiento es quizás la clave de sus lienzos, donde
las criaturas asidas a la memoria se congregan multitudinarias en
profusión de amarillos y verdes y azules que adquieren tanto
protagonismo como las figuras representadas. Y es precisamente la
representación del recuerdo que se escapa lo que ella nos
propone, como si en ese intento aventurara su propia credibilidad.
Un
personaje familiar (la tía Rosa, Rosaura, Rocío) carnal
y mítico, inasible ya y todavía permanente, es el
eje de la serie recientemente expuesta por Mary Juana en el Centro
de Prensa Internacional de La Rampa habanera. Las anécdotas
que relata la autora en esos cuadros presentan a su modelo (modelo
pictórico y de vida) en el retrato vital que ella asume y
sugiere.
Para esta creadora
cuya obra ha recorrido, -además de galerías de la
capital cubana-, España, Rusia, Francia y Suecia, el lienzo
es el espacio donde lo individual se torna colectivo, tanto en la
composición como en la intención. Y es esa coincidencia
lo que concede unidad, por encima de jerarquías formales
o académicas, a los óleos que decidió emprender,
al cabo de una larga experiencia docente vinculada al arte, esta
pintora nacida en Pinar del Río, aquella montañosa
región occidental de cuyos verdes, amarillos y azules aún
permanece impregnada la memoria de la artista.
El
modo peculiar con que ella compone su discurso pictórico
puede desconcertar al espectador habituado al lenguaje de las escuelas:
le aplica los colores el temperamento, recibe la luz de todas partes,
el tema decide los contornos, su energía fabuladora reemplaza
la carencia de cánones y arquetipos.
No reclama su obra
un dilettante contemplativo, sino un ejecutor que acepte sus provocaciones
artísticas, un público que se integre como haría
Jean Michel Basquiat ante un cuadro de Andy Warhol, transgrediendo
las transgresiones, participando. Un arte, en fin, que más
allá de consideraciones estéticas, nos haga artistas
a todos. Por eso nadie puede regresar incrédulo de los óleos
de Mary Juana Ferro.
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