Siga con atención esta historia
porque puede parecer extraño, pero no fue precisamente un cubano el
responsable de editar el primer libro en la mayor de las Antillas.
Ese histórico acontecimiento se
le debe al belga Carlos Habré, quien en 1720 celebró su matrimonio en
Ciudad de la Habana y, dueño de una antigua imprenta francesa,
estableció su taller muy próximo a la Iglesia del Espíritu Santo,
allá en el centro histórico de la ciudad.
Algunos podían haber asociado el
hecho entre los siglos XII y XIV, cuando se extendió el uso del papel
en Europa. Pensándolo mejor, hubiera sido más exacto situar la acción
en 1440, cuando Johannes Gutemberg inventó la imprenta de tipos
móviles, para sacar a la luz quince años más tarde la "Biblia
Mazarina", de 42 líneas.
¡Pero no! El primer libro impreso
en Cuba apareció el 11 de enero de 1723.
Sabedor de su importancia, el
belga Carlos Habré editó por primera vez en Cuba la "Tarifa de
Precios de Medicinas", un folleto de 28 páginas pequeñas que
alcanzó apenas el formato de 23 por 14 centímetros. Atípica para su
época, la impresión de Habré se realizó por hojas y no por pliegos
de dos o cuatro páginas, como se procedía entonces.
Por si fuera poco, el laborioso
europeo tuvo que sustituir la eñe del idioma español por otras
variantes francesas, tales como la O, y la U
con diéresis, e incluso tuvo que poner tildes a palabras que
habitualmente no se acentúan, entre ellas lá, islá, arancél y
etcétera.
En la primera página de aquel
histórico folleto, se explicaba al lector que la lista de medicinas
correspondía al interés del Examinador Prothomédico de la
Ciudad de La Habana.
En su cubierta y encima
del título, el primer libro cubano: "Tarifa General de Precios de
Medicinas", dejaba ver el Escudo de España, grabado en
madera y considerado como el primero de los impresos en el país sobre
libros o folletos.
Para que el volumen llegara al
público, el belga Carlos Habré recibió la venia del Protho-medicato,
un antiguo tribunal de médicos examinadores ante el cual debían probar
su aptitud los aspirantes a las profesiones de medicina y farmacia, y...
¡asómbrese! Hasta los barberos tenían que pasar la prueba pues,
además de pelar, estos se dedicaban a sacar muelas y practicar
sangrías.
De la vieja imprenta francesa de
Habré, todavía perduran dos obras:" Méritos que ha justificado y
probado el Licenciado Antonio de Sossa", de 1724, y "Rúbricas
Generales del Breviario Romano", de 1727.