| Benny Moré: la fama
no cae del cielo Por Guille Vilar/
Septiembre '99
La devoción que sentimos por Benny Moré, El Bárbaro del Ritmo, no
es más que el sentimiento filial que hacia él nos une. Quienes participamos en el
coloquio que tuvo lugar en Cienfuegos y Santa Isabel de las Lajas con motivo del
aniversario 80 de su natalicio, así lo percibimos. En este evento nombrado El arte de
Benny Moré: su significación en la cultura de nuestro tiempo, logramos acercarnos
un poco más a la compresión de este mito de la música cubana.
La presencia de personalidades como los musicólogos María
Antonieta Henríquez y Helio Orovio; los investigadores Xenobio Faget, José Reyes y Raúl
Martínez además del conocido locutor Eduardo Rosillo y el estudioso cienfueguero Roman
Villoch, entre otros invitados, nos obliga a presentarles una síntesis de lo que allí
hablaron acerca de este músico genial.
Entre anécdotas y criterios de los especialistas durante
cuatro jornadas se nos fue conformando paulatinamente la imagen del Benny Moré. Mucho
antes que conociera la fama, el predestinado ídolo de multitudes ofrece, con sus 16
años, serenatas a la novia de 14 en Santa Isabel de las Lajas (provincia de Cienfuegos),
según el testimonio revelador de su hija Hilda Moré. En tal sentido, largo es el camino
recorrido desde que forma un trío en su natal Lajas; que se desenvuelve como trovador en
los bares de La Habana; integra el conjunto Matamoros; es cantante en más de seis
orquestas en México y graba en Radio Progreso con la orquesta de Ernesto Duarte hasta que
decide organizar en 1953 su propia Banda Gigante, la apoteosis entre las capas más
humildes de la población cubana.
Para la mayoría de los presentes en el coloquio, resultó
una verdadera conmoción enterarnos que en este período de su carrera artística, se
desató la Bennymanía. En opinión de Faget, en esa época todo el mundo lo
quería imitar. Hablar como él, bailar como él...
Caracterizado por un gran magnetismo personal logró
establecer una corriente de simpatía que le permitió adueñarse del escenario con su
profesional y genuino estilo interpretativo. Era común el hecho insólito de que las
parejas dejaran de bailar para disfrutar el show de este hombre-espectáculo. Si bien su
llamativa vestimenta conformada por los pantalones "bataholas", tirantes y
zapatos de dos tonos tiene su antecedente más inmediato en el vestir del cantante Orlando
Guerra, "Cascarita", se afirma que al Benny le crean una proyección escénica
que de alguna manera rememora a Charles Chaplin por su sombrero alón y el famoso bastón.
Este desenfreno en quien tiene tanto que expresar porque
presiente su muerte prematura, nos oculta a un hombre muy humano y sencillo. Todas las
anécdotas coinciden en que Benny prefería trabajar con los compositores humildes y
desconocidos antes que con los consagrados, y que cualquier persona necesitada con
urgencia de una ayuda económica, se le podía acercar a pedirle auxilio.
Se cuenta que Alipio, el dueño del Alí-Bar -legendaria
locación de sus actuaciones-, estaba pasando por momentos difíciles y el Benny le tocó
allí durante 15 días sin cobrarle un centavo. Es que el Benny no tenía amor por el
dinero: "Lo que sucede es que me abruma la fama y hasta el dinero. Como nada de eso
me enloquece, no acepto coqueteos con la gloria. Más bien los rechazo", declaró a
una publicación de la época.
Quizás este desprendimiento tenga su explicación en que
asumía la vida con el prisma del bohemio. Durante los cuatro años que estuvo como
trovador por los bares de La Habana, entre las humillaciones y maltratos por ser negro y
pobre, adquirió un sentimiento de desarraigo y cierta ilusión de independencia; de
carencia de responsabilidades.
Habituado a este modo de vida, cuando llega la fama, las
obligaciones que esto conlleva repercuten de manera negativa en su trabajo. Son tantos los
compromisos de bailables y grabaciones que duerme y come poco, aunque bebe casi todos los
días. De ahí sus constantes llegadas tardías y los incumplimientos con los contratos.
En opinión del investigador Faget "es el turno del ofendido -muchas veces
consciente, otras inconsciente-: actuaba de forma ríspida e irreverente- en un acto de
reafirmación ante la vida por parte del discriminado.
Rechazado en los círculos de la burguesía criolla, el
Benny Moré nunca fue invitado a tocar en el exclusivo Vedado Tennis o en el Miramar Yacht
Club y mucho menos en las sociedades culturales de negros al ser considerado un ejemplo
negativo para su raza. Sin embargo, en opinión del musicólogo Helio Orovio, el Benny
dinamitó esta diferencia étnica al resumir con su Banda Gigante lo negro, lo blanco y lo
mulato que define nuestra identidad nacional.
En estos años de la década del '50, predominan jazz bands
habaneras como las de Ernesto Duarte, que tocan en los bailables para blancos, mientras
orquestas como las de Arsenio Rodríguez eran preferidas en los bailables de negros por el
sabroso son que interpretaban. El Benny no sabía leer música, pero desde muy joven
tocaba percusión además de la guitarra y el tres. Tiene un nivel de intuición
excepcional: como esponja absorbe todo aquello que le será útil.
Resulta sintomático que la máxima representación de lo
cubano tiene especial predilección por el jazz. Se sabe que su discoteca privada estaba
conformada por colecciones de los grandes del género como Glenn Miller o Sara Vaughn y
que la adopción indistintamente del nombre Benny es una alusión al famoso clarinetista
Benny Goodman. Sin embargo, el formato jazz band de su Banda Gigante, por esa
característica inherente a la cultura cubana de adaptar a su sensibilidad todo aquello
que le llega del exterior, lo hacía sonar como un conjunto de son.
A diferencia de la orquesta de Duarte, que nunca tuvo una
sonoridad intensa, sino un exquisito tratamiento en la construcción de las frases
melódicas -como el del clásico Cómo fue con la voz del propio cantante-, a la
Banda Gigante se le hacen cambios sustanciales para que pueda abordar un ambiente sonoro
agresivo. Sustituye lo jazzístico por lo sonero, por los tumbaos que provienen de los
treseros orientales.
Por ejemplo, los saxos hacen el fraseo del tres en el
septeto mientras que introduce la improvisación sonera en las trompetas al igual que el
trombón. Utiliza una sola tumbadora y el bongó suena rumbero al ser más sincopado. En
vez del drums tradicional, se queda con un timbal, platillo y bombo para marcar los
efectos. Es el primero que introduce la cáscara para enriquecer la base rítmica y ayudar
así a la sonoridad de la tumbadora y la campana. En cuanto al piano este se encuentra
constantemente haciendo tumbaos o guajeos soneados, pero nada afines con el trabajo del
piano en la jazz band tradicional. "Es la rebelión de lo popular, la ascención del
estilo popular cubano. De ahí su autenticidad y su fuerza", concluye el maestro
Orovio.
El hecho de que para la musicóloga María Antonieta, Benny
Moré haya nacido músico, es la única explicación posible a ese don que le permite ser
el eterno contemporáneo. En buena medida su inclinación hacia los patrones de
improvisación en el jazz, le otorgan esa intemporalidad que distingue a su obra, además
de contar con excelentes arreglistas que se adaptaban a sus inquietudes musicales.
También, a la extraordinaria contemporaneidad de las piezas contribuye que fueran
grabadas en un momento de renovación tecnológica. De acuerdo con el investigador José
Reyes, se desarrolla un proyecto de especial disposición de los instrumentos musicales en
el estudio de grabación, nunca antes visto en Cuba, a la vez que Benny canta aislado por
una mampara de cristal.
Si hubiera alguna duda de que la Banda Gigante es el ajuste
preciso entre la manera interpretativa del Benny y el soporte orquestal, escuche la
grabación en vivo de la obra Mi Saúco, donde al montaje de los saxos se unen
paulatinamente los otros metales para provocar, como afirma María Antonieta, "una
excitante y audaz polirritmia. Definitivamente, piezas como esas no pueden tener otra
vestidura que la que les dio". Las canciones de su repertorio llegan a todos los
registros de la sensibilidad sin acudir jamás a lo vulgar y chavacano en todos los
géneros de la música popular en los que sentó cátedra.
El timbre cristalino en su voz de tenor con una afinación
perfecta, capaz de alcanzar matices profundos, es redondeado tanto por sus condiciones de
improvisador, como por el aliento poético en los boleros. Gran conocedor del gusto de sus
admiradores, jamás resultó igualado por otro de sus contemporáneos. Su nombre
representa una herencia tan respetable, que se debiera tener en cuenta por quienes hacen
arreglos musicales marcados por el facilismo o por aquellos que creen que realmente todo
el mundo canta. Al evocar a Benny Moré tampoco debe olvidarse que la música no es un
negocio mercantilista como la asumen quienes buscan sólo una fama pasajera.
Antes de su consagración definitiva con la Banda Gigante a
comienzos de los 50, ya el maestro se había fogueado por mas de 15 años en los diversos
géneros y formatos de la música cubana, entrenamiento indispensable para los que piensan
que por una situación circunstancial el éxito les va a caer del cielo de la noche a la
mañana. Ahí está la obra y la historia de Benny Moré, que con sus 80 años no ha
dejado de mostrar la vocación de un verdadero profesional de la música cubana.
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