| Eugenio Florit, duelo
en la lírica cubana Por Juan Emilio
Fríguls/ Julio '99
A los 97 años de edad, acaba de fallecer en tierra
norteamericana, donde residía desde 1940, el poeta Eugenio Florit.
Nacido en Madrid en 1903, pero traído a La Habana desde
temprana edad, su formación y creación literarias tuvieron cauce en la isla, desde donde
alcanzó renombre en el ámbito de la literatura iberoamericana.
Reconocido en la antologías como Poeta de Cuba, Eugenio
Florit estuvo considerado, después del óbito de Dulce María Loynaz y de Gastón
Baquero, como uno de los autores vivos más trascendentes de fin de siglo de la lírica
cubana.
Agotadas las ondas de nuestro modernismo, Florit, con
Mariano Brull, Emilio Ballagas y Nicolás Guillén, sacaron a nuestra poesía de las
trivialidades del vanguardismo hacia un terreno de seriedad creativa.
En 1927, Eugenio Florit alcanza nombradía con sus 32
poemas breves, que habrá de enriquecer en años posteriores, e incluso a inicios de esa
década, con nuevos versos que expresan su estatura de escritor cubano y universal.
Hombre de fe cristiana, credo que marca buena parte de su
obra, Florit compuso "Martirio de San Sebastián", trascendente para la poesía
religiosa cubana. Su bibliografía, que refleja su calidad poética, abarca
"Trópico", de 1930; "Conversación a mi padre", de 1949;
"Asonante final" y "Lo que que queda", publicada en 1995.
Florit colaboró en la revista Clavileño y en
otras publicaciones de la década del '40 junto a Cintio Vitier, Angel Gaztelu y Eliseo
Diego, con poemas escritos en La Habana o en Nueva York, donde vivió por más de 40
años, hasta su muerte.
A su llegada a Estados Unidos, tras un breve paréntesis en
el consulado de Cuba en Nueva York, el poeta ingresó en varias escuelas como profesor de
literatura española, labor que desempeñó hasta su jubilación.
En el Barnard Colege, de la Universidad de Columbia, ayudó
a formar a numerosos estudiantes interesados en el tema de la cultura española. Al igual
que destacados escritores hispanos que cubrieron cátedras en Norteamérica, Eugenio
Florit fue no sólo un docente, sino también un promotor de actividades culturales en
diversas instituciones, entre ellas el Instituto Hispánico.
El escritor Pablo Armando Fernández, durante su estadía
en Nueva York, comprobó el apostolado intelectual del poeta, que hizo de su obra una
clave de vitalidad para la creación de espiritualidad y belleza.
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