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POESÍA

La verde espiga de la paz

Por Adys Cupull y Froilán González

Ahora que las bombas caen sobre niños, mujeres y ancianos, madres e hijos albanos, kosovares y serbios, es momento para hablar de La verde espiga de la paz, título de un poema de Luis Suardíaz que da nombre a una breve antología publicada por el Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos.

Este pequeño libro agrupa poemas que constituyen cantos de protesta contra las guerras y un sensible llamado a la paz. Las voces de Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí), Nicolás Guillén, Angel Augier, Raúl Ferrer, Fina García Marruz, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Adolfo Martí, entre otros poetas, se rebelan en sus versos ante las catastróficas consecuencias de la guerra, en la selección preparada por Libia Sariol Céspedes.

En las páginas de esta antología, Manuel Navarro Luna nos dice: "La paz se busca, no se espera. Ella vendrá, sol y verdor, campo, luz, a toda la tierra"... Es significativo que muchos de los poemas de esta selección estén dedicados a los niños y las madres.

Félix Pita Rodríguez habla allí de la señora Sumiko Tanaka, que en el pequeño jardín de su casa en Hiroshima compone versos en los que clama por su pequeña hija. Cintio Vitier nos adentra en el sentimiento del que sufre en carne propia los impactos de la guerra, al decir: "Ese niño que lentísimo corre ardiendo en busca de la gota de vida que le niegan, la bocanada de aire que lo inflama, el pecho imposible de su madre que tropieza y cae, y que ya muerto sigue ardiendo, arrastrándose inmóvil, no hay palabras...".

La Declaración de Amor Contra las Armas, de Carilda Oliver Labra, es otro poema incluido en la antología La verde espiga de la paz. Escribe la poetisa matancera: "Por favor, no apuntéis al cielo con vuestras armas: se asustan los gorriones; es primavera, llueve y está el campo pensativo. Por favor, derretiréis la luna que da sobre los pobres".

Alex Pausides, en su poema Fiesta Final, no concibe la destrucción nuclear: "No podrá ser -dice-. Se romperán las manos de los mosntruos de la fiebre y los cielos bocabajo. No adivino mi casa destruida, mi hija hecha memoria de nadie. No concibo morir pulverizado por el viento nuclear".

Al recordar a los niños de Viet Nam, Pablo Armando Fernández dice: "Las guerras tendrán que terminar algún día, y sus recuerdos serán como una cicatriz".

Credo por la Paz, de Rafaela Chacón Nardi, contiene los siguientes versos: "Creo en la paz, los niños, las palomas, la libertad, el llanto, la alegría, tu corazón, la luz, la Patria nueva, y nuestro amor unánime a la vida".

En el poema que da título a la compilación, Luis Suardíaz termina con versos en defensa de la rosa viva de la paz, una que reine sobre escuelas y campos de labranza, y ponga en jaque a las modernas máquinas de muerte.


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