|
Un arma especial
de los pueblos
Por
Iván Becerra
La discreción siempre
ha sido una herramienta de las revoluciones. El Héroe Nacional de
Cuba, José Martí, poco antes de caer en combate, le confesó a su
amigo mexicano Manuel Mercado que el gran objetivo de su vida era
impedir la expansión imperialista de Estados Unidos por nuestra
tierras de América.
Y que en silencio había
trabajado con ese propósito, pues, advirtió, "hay cosas que,
para lograrlas, han de andar ocultas". Bajo esa misma premisa,
58 años después, Fidel Castro y sus compañeros planearon, prepararon
y ejecutaron el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de
Céspedes.
El proceso incluyó
seleccionar y reunir a los participantes, entrenarlos, uniformarlos
con ropa del enemigo, armarlos y transportarlos de un extremo a
otro del país. Y todo eso fue realizado sin que los servicios secretos
de la tiranía detectaran el más mínimo indicio.
También en forma muy
discreta, en una heroica clandestinidad y arriesgando la vida, los
jóvenes cubanos Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero,
Fernando González y René González previnieron a su pueblo de los
movimientos y ataques de grupos terroristas que operan impunemente
en el sur de la Florida.
Ellos nunca proyectaron
ni intentaron hacerle daño alguno al gobierno o al pueblo de Estados
Unidos. Luego de ser condenados tras un juicio tramposo en Miami,
su imagen emergió del silencio.
Hombres y mujeres honestos
de todo el mundo proclaman en voz alta la inocencia de esos luchadores
por la paz, injustamente encarcelados, lejos de la Patria, la familia,
los amigos.
Gerardo, Ramón, Antonio,
Fernando y René asumen el ejemplo y la estatura moral de quienes
hace casi medio siglo iniciaron, en los muros del cuartel Moncada,
el camino hacia la definitiva independencia.
|