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Para
nunca perder la memoria
Por
Iván Becerra
Hace
37 años fue desarticulada en suelo cubano la última
pandilla de bandidos de las centenares que Estados Unidos promovió
y apoyó para que contribuyeran a derrocar la Revolución.
Maestros,
campesinos, dirigentes políticos de base, mujeres, ancianos
y niños fueron víctimas de esas cuadrillas armadas,
que no se distinguían por enfrentarse a las milicias o a
las unidades de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), sino
que escapaban después de matar a mansalva, incendiar y destruir.
Organizaciones
contrarrevolucionarias establecidas en Miami servían de puente
entre la CIA y las bandas de alzados. Algunos de esos grupos todavía
están vigentes en el Sur de la Florida. Otros surgieron en
estos años.
Ninguno
ha dejado de actuar contra el pueblo de Cuba, cinco de cuyos hijos
cumplen absurdas condenas en cárceles de Estados Unidos por
monitorear e informar a La Habana sobre los movimientos de esas
agrupaciones terroristas.
Gerardo
Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero,
Fernando González y René González son herederos
de una vocación patriótica cuya raíz se hunde
en la identidad cubana. Una vocación forjada por heroicas
juventudes.
El
abogado camagüeyano Ignacio Agramonte parece que aún
cabalga en marcha forzada por la independencia y contra el yugo
colonial.
José
de Jesús Madera, quien sólo tenía diecisiete
años de edad, acompaña a su pueblo en un permanente
Asalto al Cuartel Moncada. Frank País, brillante jefe revolucionario,
late en el corazón de la Patria, desde Santiago de Cuba.
Manuel
Ascunce, estudiante alfabetizador, nunca dudó cuando los
asesinos alzados en el Escambray preguntaron por él a su
alumno, el campesino Pedro Lantigua. "Yo soy el Maestro",
respondió Manuel. Todavía su voz se escucha, firme,
en cada sueño que la Revolución hace realidad.
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