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Lo
que el pueblo norteamericano debe saber:
Crueldad infinita
contra una familia
Por
Renato Recio
René González
y Olga Salanueva con Irma, la hija mayor de ambos. ¿Podrán
tomarse una foto semejante con la pequeña Ivette?
El hecho de que a René González, nacido en Chicago,
hijo de padres cubanos, se le prohíba ver a su niña
de cuatro años, también norteamericana por nacimiento,
es hoy, en la práctica, un secreto para el pueblo estadounidense.
Fresca la memoria de
la reacción popular que en Estados Unidos provocó
el secuestro del niño cubano Elián González,
las autoridades temen que ocurra algo similar, y que la noble gente,
si conociera este caso, reclame también un trato humano para
una criatura que no puede ser culpable de nada.
Lo cierto es que la
niña, desde que tenía unos pocos meses de nacida hasta
la fecha, sólo ha visto a su padre en dos ocasiones, y él
estaba encarcelado, encadenado una silla y bajo la hosca vigilancia
de un oficial de la prisión en que se encontraba.
Aunque cualquiera sabe
que la hija de un prisionero no puede ser privada de todo contacto
con su progenitor, ni un preso se le pueden suprimir absolutamente
sus derechos de padre, para que se mida bien la injusticia, vale
la pena recordar por qué René González está
en una cárcel norteamericana, condenado a 15 años
de prisión.
Él es uno de
los cinco cubanos que en septiembre de 1998 fueron detenidos en
Miami como presuntos componentes de una red de espionaje.
En el juicio que se
siguió a los cubanos, nunca la fiscalía pudo demostrar
que hubo peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Por el contrario, varios
oficiales de alto rango militar negaron ante el tribunal que los
cubanos hubiesen realizado espionaje: el general Clapper, ex jefe
de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa; el general
Charles Wilhelm, ex comandante en jefe del Comando Sur; el general
Edward Atkeson, ex vicejefe del Estado Mayor del Ejército
para Inteligencia; el almirante Eugene Carroll, ex vicejefe de Operaciones
Navales, y el coronel George Buckner, ex oficial del Comando del
Sistema de Defensa Aérea de Norteamérica. Todos rindieron
testimonios descartando la posibilidad de que los acusados se hayan
acercado, ni de lejos, a informaciones de algún valor estratégico.
Lo único que
las evidencias pudieron mostrar es que los cubanos recopilaron información
sobre las actividades de los grupos terroristas que operan contra
Cuba en el estado de la Florida.
René no fue
acusado de crimen premeditado, como ignominiosamente
se hizo contra Gerardo Hernández; ni tampoco de cometer espionaje
como sin prueba alguna se hizo con los demás; ni de poseer
documentos falsos, puesto que tenía sus documentos en regla.
Él fue condenado
a 15 años de prisión y a cumplir otros cinco años
con libertad bajo vigilancia, por no inscribirse como agente cubano
ante las autoridades norteamericanas y por introducirse en varios
grupúsculos de la mafia terrorista anticubana.
Sobre esos aspectos
el propio René, en su alegato durante la vista de sentencia,
dijo lo siguiente: Siento mucho no haber podido decir a sus
agentes que estaba cooperando con el gobierno cubano. Si ellos tuvieran
una posición sincera frente al terrorismo (anticubano), yo
hubiera podido hacerlo y juntos hubiéramos dado solución
al problema (...) aunque aquí los agentes extranjeros se
pudieran anunciar en las páginas amarillas sin haberse registrado
previamente, nosotros, tratándose de Cuba, tendríamos
que mantenernos de incógnitos para cosas tan elementales
como neutralizar terroristas o narcotraficantes, algo que mirado
con lógica deberíamos hacer juntos.
Pero mucho antes de
oficializar la condena, ya René y sus compañeros habían
sufrido rigores extremos e injustificados. Desde mediados de septiembre
de 1998 hasta el 3 de febrero del 2000 se les mantuvo en confinamiento
solitario, en celdas de castigo, algo que en el sistema penitenciario
de Estados Unidos sólo se aplica, sin exceder de los 60 días,
a reos que dentro de la prisión cometen asesinatos u otros
graves delitos e indisciplinas.
En ese largo período
de 17 meses, los prisioneros cubanos no pudieron tener contacto
alguno con sus familiares ni con sus abogados.
Fueron los días
en que Olga Salanueva Arango, la esposa de René, residente
en Estados Unidos, paseaba incansablemente por la acera de enfrente
del edificio del penal, con la esperanza de que alguna vez, desde
la altura de doce pisos, el padre pudiera distinguir apenas el color
del pelo de su pequeña hija.
Los carceleros, aleccionados
por autoridades superiores, alegaban que René no podía
entrevistarse con la niña por razones de seguridad
y además porque no tenían constancia de que Olga fuera
su esposa.
Sin embargo, ella estuvo
presa durante tres meses, fue interrogada y sometida a intensas
presiones por el único delito de ser la esposa del presunto
espía.
Por último,
antes del comienzo del juicio, la Oficina del Fiscal del Distrito
Sur de la Florida le propuso a René un acuerdo de culpabilidad
en los cargos que se le imputaban, a cambio de que su esposa no
fuera deportada.
El intento de chantaje
fue nuevamente rechazado y entonces Olga Salanueva fue llevada directamente
de la cárcel al aeropuerto, deportada de Estados Unidos sin
que se le concediera la posibilidad de ver a su esposo antes de
marcharse.
Si alguien pudo creer
que semejantes aberraciones pudieron ocurrir sólo en los
momentos en que se acercaba el juicio y en medio del ambiente de
fanatismo anticubano creado por las organizaciones mafiosas y terroristas
que operan en el sur de la Florida, tendría que sospechar
que aquel espíritu de venganza irracional prevalece incluso
ahora y llega a las más altas esferas del gobierno norteamericano.
La última página
de esta historia de infinita crueldad contra una familia fue escrita
recientemente: Olga Salanueva tenía razones para creer que
a ella se le concedería el derecho universalmente acatado
de visitar a su cónyuge en prisión. Pero inesperadamente
el 23 de abril el Departamento de Estado revocó su propósito
inicial y comunicó que no habría de otorgarles visas
para viajar hacia Estados Unidos.
Así, de un golpe,
mataban la humilde esperanza de que habría un poco de justicia
para una niña de cuatro años que necesita conocer
personalmente a su padre, y lo necesita sobretodo ahora, porque
su edad reclama desesperadamente esa vivencia.
Tomado del periódico
Trabajadores, del lunes 13 de mayo del 2002.
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