| Los misteriosos rayos gamma Por Julio Hernández
El físico inglés Ernest Rutheford los llamó Rayos Gamma en 1903.
Es la más penetrante de las radiaciones, incluso más que los rayos X.
Hoy, los Gamma, asociados a la física de los núcleos
atómicos, podrían ayudar a entender mejor la historia y estructura de nuestro universo,
gracias a la investigación de uno de los grandes misterios actuales de la astrofísica.
Resulta que a diario llegan a la Tierra señales de
titánicas explosiones que se producen en los límites del Universo conocido. Su número
varía entre una y tres veces cada día, y provienen de cualquier dirección del espacio.
Como hasta hace poco tales deflagraciones cósmicas no se habían detectado en el
espectro de luz visible, su existencia permaneció ignorada durante la mayor parte de la
historia humana.
Según se ha podido calcular por la energía desprendida,
la magnitud de las explosiones cósmicas rebasa todo lo imaginable.
El más reciente de los megaestallidos fue detectado el 23
de enero de 1999, y tenía su origen a una distancia de 10 mil millones de años luz. Los
científicos pudieron calcular que en sólo un instante de tiempo se volatilizó algo con
una masa equivalente a 100 mil billones de estrellas.
Lo más característico de esos eventos estelares es el
poderoso flujo de rayos Gamma que generan, lo cual da pie a numerosas hipótesis.
En primer lugar, resulta que nunca se ha registrado
radiación Gamma asociada, por ejemplo, con la explosión de una estrella supernova, que
era hasta hace poco el acontecimiento cósmico más catastrófico entre los conocidos. La
explicación parece radicar en que los restos de la estrella desaparecida bloquean la
detección de la radiación Gamma.
El hecho de que las explosiones cósmicas tengan lugar a
una distancia descomunal podría dar una idea de los procesos físicos que se produjeron
en los albores de la historia del Universo.
Se ha sugerido que las misteriosas explosiones pudieran ser
el choque de una agujero negro con una estrella de neutrones, produciéndose así su
aniquilación mutua y el consiguiente desprendimiento de una fantástica cantidad de
energía.
Esta teoría implicaría que tanto los agujeros negros como
las estrellas de neutrones son algo muy común en el espacio cósmico, y -más extraño
aún-, que la colisión entra ambos es algo totalmente corriente.
Otra sugerencia para las explosiones de rayos Gamma es que
se trataría de hipernovas, es decir, de estrellas con una masa tan enorme que no pueden
devenir supernovas, sino que convierten en energía pura toda su materia en un trágico y
luminoso canto del cisne.
La debilidad de alguna de las explicaciones sobre las
explosiones cósmicas está en el hecho de que las supernovas no son un acontecimiento tan
frecuente en una galaxia, pues se registra una por siglo. Si ello es así, entonces,
¿cuántas y hipernovas tendrían que existir para que se observen a diario en todas
direcciones del cielo?.
Sería más raro aun que los agujeros negros y estrellas de
neutrones estén chocando constantemente, como cosa cotidiana, cuando en el tiempo que la
humanidad lleva observando el firmamento no se ha detectado en nuestra galaxia un
fenómeno de tal magnitud.
Es así que los bien conocidos rayos Gamma, a casi un siglo
de su descubrimiento, plantean hoy nuevamente una de las incógnitas más apasionantes de
la observación astronómica.
Tal vez cuando se halle una respuesta se resolverán, de
paso, algunas de las preguntas que nos hacemos respecto a cómo es nuestro Universo.
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