
¿Existe margen
para la hipocresía y la mentira?
La
Habana, noviembre 30.- Estados
Unidos, en su lucha contra la Revolución Cubana, tuvo en
el gobierno de Venezuela su mejor aliado: el eximio don Rómulo
Betancourt Bello. No lo sabíamos entonces. Había sido
electo Presidente el 7 de diciembre de 1958 y, sin asumir todavía
el cargo, el 1º de Enero de 1959 triunfó en Cuba la
Revolución. Semanas después, tuve el privilegio de
ser invitado por el Gobierno provisional de Wolfgang Larrazábal
para visitar la Patria de Bolívar, que tan solidaria había
sido con Cuba.
Pocas
veces en la vida vi más calor de pueblo. Las imágenes
fílmicas se conservan. Avancé por la amplia autopista
que sustituyó el sendero asfaltado por donde me habían
conducido la primera vez que viajé a Venezuela en 1948, de
Maiquetía a Caracas, los conductores de vehículos
más temerarios que conocí nunca.
Esa
vez escuché la rechifla más sonora, prolongada y embarazosa
en mi larga vida cuando me atreví a mencionar el nombre del
recién electo y no posesionado Presidente. Las masas más
radicalizadas de la Caracas heroica y combativa habían votado
abrumadoramente contra él.
El
“ilustre” Rómulo Betancourt era mencionado con
interés en los círculos políticos del Caribe
y América Latina.
¿Cómo
se explica? Había sido tan radical en su mocedad, que a los
23 años ingresó como miembro del Buró Político
del Partido Comunista de Costa Rica, desde 1931 hasta 1935. Eran
los tiempos difíciles de la Tercera Internacional. Del marxismo-leninismo
aprendió la estructura de clases de la sociedad, la explotación
del hombre por el hombre a lo largo de la historia y el desarrollo
de la colonización, el capitalismo y el imperialismo en los
últimos siglos.
El
año 1941, junto a otros líderes de izquierda, fundó
en Venezuela el Partido Acción Democrática.
Ejerció
la Presidencia provisional de Venezuela desde octubre de 1945 hasta
febrero de 1948, en virtud de un golpe de Estado cívico militar.
Marcha de nuevo al exilio cuando el ilustre escritor e intelectual
venezolano Rómulo Gallegos fue electo Presidente Constitucional
y derrocado casi de inmediato.
La
maquinaria bien engrasada de su partido lo elige Presidente en las
elecciones del 7 de diciembre en 1958, después que las fuerzas
revolucionarias venezolanas, bajo la dirección de la Junta
Patriótica que presidió Fabricio Ojeda, derrocó
la dictadura del general Pérez Jiménez.
Cuando
a fines de enero de 1959 hablé en la Plaza del Silencio,
donde se reunieron centenares de miles de personas y mencioné
por pura cortesía a Betancourt, se produjo la colosal rechifla
que conté contra el Presidente electo. Para mí fue
una verdadera lección de realismo político. Tuve luego
que visitarlo, por ser el Presidente electo de un país amigo.
Encontré a un hombre amargado y resentido. Era ya el modelo
de gobierno “democrático y representativo” que
necesitaba el imperio. Colaboró todo lo que pudo con los
yankis antes de la invasión mercenaria de Girón.
Fabricio
Ojeda, sincero e inolvidable amigo de la Revolución Cubana,
a quien tuve el privilegio de conocer e intercambiar con él
ampliamente, después me explicó mucho sobre el proceso
político de su Patria y la Venezuela con la cual soñaba.
Fue una de las numerosas personas que aquel régimen, totalmente
al servicio del imperialismo, asesinó.
Ha
transcurrido desde entonces casi medio siglo. Puedo dar testimonio
del cinismo excepcional del imperio contra el que nos hemos enfrentado
infatigablemente los revolucionarios cubanos, como dignos herederos
de Bolívar y Martí.
Durante
el tiempo transcurrido, desde los días de Fabricio Ojeda,
el mundo ha cambiado considerablemente. El poder militar y tecnológico
de ese imperio ha crecido; también su experiencia y su ausencia
total de ética. Sus recursos mediáticos son más
costosos y menos subordinados a normas morales.
Acusar
al líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez,
de promover la guerra contra el pueblo de Colombia, desatar una
carrera armamentista, presentarlo como productor y promotor del
tráfico de droga, reprimir la libertad de expresión,
violar los derechos humanos y otras imputaciones similares, son
acciones repugnantemente cínicas, como todo lo que ha hecho,
hace y promueve el imperio. La realidad no puede olvidarse nunca,
ni dejar de reiterarse; la verdad objetiva y razonada es el arma
más importante con la cual martillar sin descanso en la conciencia
de los pueblos.
El
gobierno de Estados Unidos, es necesario recordarlo, promovió
y apoyó en Venezuela el golpe de Estado fascista del 11 de
abril del 2002 y, tras su fracaso, puso todas sus esperanzas en
un golpe petrolero, apoyado con programas y recursos técnicos
capaces de liquidar cualquier gobierno, subestimando al pueblo y
a la dirección revolucionaria de ese país. Desde entonces
ha conspirado sin cesar contra el proceso revolucionario venezolano,
como ha hecho y lo sigue haciendo contra la Revolución en
nuestra Patria durante 50 años. A Venezuela, con los enormes
recursos energéticos y otras materias primas que posee, obtenidos
a ínfimos precios, y la propiedad transnacional de las grandes
instalaciones y servicios, le interesa a Estados Unidos controlarla
mucho más que a Cuba.
Aplastada
a sangre y fuego la Revolución en Centroamérica, y
mediante golpes de Estado sangrientos y represivos los avances democráticos
y progresistas en Suramérica, el imperio no podía
resignarse a la construcción del socialismo en Venezuela.
Se trata de un hecho real, innegable e inocultable para quien posea
un mínimo de cultura política en América Latina
y el mundo.
Es
conveniente recordar que ni siquiera después del golpe de
Estado promovido por Estados Unidos, en abril del 2002, el gobierno
de Venezuela se armó. El barril de petróleo valía
apenas 20 dólares, ya devaluados, desde que en 1971 Nixon
suspendió su conversión en oro, casi 30 años
antes de que Chávez llegara a la Presidencia. Cuando tomó
posesión, el petróleo venezolano no alcanzaba los
10 dólares. Posteriormente, cuando los precios se elevaron,
dedicó los recursos del país a programas sociales,
planes de inversión y desarrollo, y a la cooperación
con numerosas naciones del Caribe y Centroamérica y otras
de economías más pobres en Suramérica. Ningún
otro país ofreció tan generosa cooperación.
No
compró un solo fusil durante los primeros años de
su gobierno. Hizo, incluso, algo que ningún otro país
habría hecho en condiciones de peligro para su integridad:
suspender legalmente la obligación de cada ciudadano honesto
y revolucionario de defender con las armas su país.
Pienso
más bien que la República Bolivariana tardó
bastante en adquirir nuevas armas. Los fusiles de infantería
que disponía eran los mismos desde que hace más de
50 años, el Gobierno Provisional del almirante Larrazábal,
me obsequió un fusil automático FAL el penúltimo
mes de la guerra, en noviembre de 1958. Venezuela siguió
disponiendo de ese tipo de armamento de infantería varios
años después de la toma de posesión de Chávez.
Fue
el Gobierno de Estados Unidos el que decretó el desarme de
Venezuela, cuando prohibió el suministro de piezas para todo
el equipamiento militar yanki que tradicionalmente había
vendido a ese país, desde aviones de combate y transporte
militar hasta comunicaciones y radares. Es sumamente hipócrita
acusar ahora a Venezuela de armamentismo.
Por
el contrario, Estados Unidos suministró miles de millones
de dólares en armas, medios de combate, transporte por aire
y entrenamiento a las Fuerzas Armadas de la vecina Colombia. El
pretexto fue la lucha contra la guerrilla. Puedo dar testimonio
de los esfuerzos del presidente Hugo Chávez en la búsqueda
de la paz interna en ese hermano país. Los yankis no sólo
suministraron armas, sino que inyectaron sentimientos de odio contra
Venezuela a las tropas que entrenaban, como hicieron en Honduras
a través de la Fuerza de Tarea basificada en Palmerola.
Estados
Unidos suministra a las unidades de combate, donde dispone de bases
militares, el mismo uniforme y equipamiento que a las tropas intervencionistas
de su país en cualquier lugar del mundo. No necesitan soldados
propios, como en Iraq, Afganistán o el norte de Pakistán,
para planear actos de genocidio contra nuestros pueblos.
La
extrema derecha imperialista, que controla los resortes fundamentales
del poder, emplea mentiras descaradas para disfrazar sus planes.
La
abogada y analista venezolano-estadounidense Eva Golinger, demuestra
cómo los argumentos estratégicos empleados en el mensaje
enviado en mayo del 2009 al Congreso de Estados Unidos para justificar
una inversión en la base de Palanquero, son alterados totalmente
en el acuerdo por el que Estados Unidos recibe esa misma base junto
a otras numerosas instalaciones civiles y militares. El documento
enviado al Congreso el 16 de noviembre, titulado: “Addendum
para reflejar los términos del Acuerdo de Cooperación
en Defensa entre Estados Unidos y Colombia, firmado el 30 de octubre
de 2009, es completamente alterado”, explica la analista.
“No se habla ya de la ‘misión de movilidad’
que ‘garantiza el acceso a todo el continente de Suramérica,
con la excepción de Cabo de Hornos’. También
han cambiado toda referencia a operaciones de ‘alcance global’,
‘teatros de seguridad’ y aumento de la capacidad de
las Fuerzas Armadas estadounidenses para realizar una ‘guerra
de forma expedita’ en la región”, escribe la
aguda y bien informada analista.
Es
obvio, por otra parte, que el Presidente de la República
Bolivariana está batallando arduamente por superar los obstáculos
que Estados Unidos ha creado a los países latinoamericanos,
entre ellos, la violencia social y el tráfico de drogas.
La sociedad norteamericana no fue capaz de evitar el consumo y el
tráfico de las mismas. Sus consecuencias afectan hoy a muchos
países del área.
La
violencia ha sido uno de los productos más exportados por
la sociedad capitalista de Estados Unidos a lo largo del último
medio siglo, a través del empleo creciente de los medios
masivos de comunicación y la llamada industria de la recreación.
Son fenómenos nuevos que la sociedad humana no había
conocido antes. Tales medios podrían ser utilizados para
crear nuevos valores en una sociedad más humana y justa.
El
capitalismo desarrollado creó las llamadas sociedades de
consumo y con ello engendró problemas que hoy no es capaz
de controlar.
Venezuela
es el país que más rápidamente está
llevando a cabo los programas sociales que pueden contrarrestar
esas tendencias sumamente negativas. Los colosales éxitos
alcanzados en los últimos Juegos Deportivos Bolivarianos
lo están demostrando.
En
la reunión de UNASUR, el Canciller de la República
Bolivariana, planteó con gran claridad el problema de la
paz en el área. ¿Cuál es la posición
de cada país ante la instalación de bases yankis en
el territorio de Suramérica? No solo constituye una obligación
de cada Estado, sino también una obligación moral
de cada hombre o mujer consciente y honesta de nuestro hemisferio
y del mundo. El imperio debe saber que en cualquier circunstancia
los latinoamericanos lucharán sin descanso por sus derechos
más sagrados.
Existen
problemas todavía más graves e inmediatos para todos
los pueblos del mundo: el cambio climático; tal vez el peor
y más urgente en este instante.
Antes
del 18 de diciembre, cada Estado deberá adoptar una decisión.
De nuevo el ilustre Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, deberá
definir su posición sobre el espinoso asunto.
Ya
que aceptó la responsabilidad de recibir el Premio, tendrá
que cumplir la demanda ética de Michael Moore cuando conoció
la noticia: “¡ahora gáneselo!”. ¿Es
que acaso puede?, me pregunto. Cuando la exigencia unánime
de los círculos científicos es que las emisiones de
dióxido de carbono deben ser reducidas en no menos del 30%
con relación a su nivel de 1990, Estados Unidos ofrece solo
reducir el 17% de lo que emitía en el 2005, lo que apenas
equivale al 5% del mínimo que exige la ciencia a todos los
habitantes del planeta para el 2020. Estados Unidos consume el doble
por habitante que Europa, y supera las emisiones de China, a pesar
de los 1 338 millones de ciudadanos con que cuenta este país.
Un habitante de la sociedad más consumista emite decenas
de veces más CO2 per cápita que el ciudadano de un
país pobre del Tercer Mundo.
En
solo 30 años adicionales, no menos de nueve mil millones
de seres humanos que poblarán el planeta requieren que la
cifra de dióxido de carbono que se emita a la atmósfera
sea reducida a no menos del 80% de lo que se emitía en 1990.
Tales cifras se comprenden con amargura por un número creciente
de líderes de países ricos; pero la jerarquía
que dirige al país más poderoso y rico del planeta,
Estados Unidos, se consuela a sí misma afirmando que tales
pronósticos son invenciones de la ciencia. Se sabe que en
Copenhague, a lo sumo, se aprobará seguir discutiendo para
poner de acuerdo a más de 200 Estados e instituciones que
deben dirimir los compromisos, entre ellos, uno importantísimo:
quiénes y con cuántos recursos contribuirán
los países ricos al desarrollo y el ahorro energético
de los más pobres. ¿Acaso existe margen para la hipocresía
y la mentira?

Fidel
Castro Ruz
Noviembre
29 de 2009
7
y 15 p.m.
|