
Los peligros que
nos amenazan
La
Habana, marzo 8.- No
se trata de una cuestión ideológica relacionada con
la esperanza irremediable de que un mundo mejor es y debe ser posible.
Es
conocido que el homo sapiens existe desde hace aproximadamente 200
mil años, lo que equivale a un minúsculo espacio del
tiempo transcurrido desde que surgieron las primeras formas de vida
elementales en nuestro planeta hace alrededor de tres mil millones
de años.
Las
respuestas ante los insondables misterios de la vida y la naturaleza
han sido fundamentalmente de carácter religioso. Carecería
de sentido pretender que fuese de otra forma, y tengo la convicción
de que nunca dejará de ser así. Mientras más
profundiza la ciencia en la explicación del universo, el
espacio, el tiempo, la materia y la energía, las infinitas
galaxias y las teorías sobre el origen de las constelaciones
y estrellas, los átomos y fracciones de los mismos que dieron
origen a la vida y la brevedad de la misma, y los millones y millones
de combinaciones por segundo que rigen su existencia, más
preguntas se hará el hombre en busca de explicaciones que
serán cada vez más complejas y difíciles.
Mientras
más se enfrascan los seres humanos en buscar respuestas a
tan profundas y complejas tareas que se relacionan con la inteligencia,
más valdrán la pena los esfuerzos por sacarlos de
su colosal ignorancia sobre las posibilidades reales de lo que nuestra
especie inteligente ha creado y es capaz de crear. Vivir e ignorarlo
es la negación total de nuestra condición humana.
Algo,
sin embargo, es absolutamente cierto, muy pocos se imaginan cuán
cerca puede estar la desaparición de nuestra especie. Hace
casi 20 años, en una Cumbre Mundial sobre el Medio Ambiente
en Río de Janeiro, abordé ese peligro ante un público
selecto de Jefes de Estado y de Gobierno que escuchó con
respeto e interés, aunque nada preocupado por el riesgo que
veía a distancia de siglos, tal vez milenios. Para ellos,
con seguridad, la tecnología y la ciencia, más un
sentido elemental de responsabilidad política, serían
capaces de enfrentarlo. Con una gran foto de personajes importantes,
los más poderosos e influyentes entre ellos, concluyó
feliz aquella importante Cumbre. No había peligro alguno.
Del
cambio climático apenas se hablaba. George Bush, padre, y
otros relumbrantes líderes de la Alianza Atlántica,
disfrutaban la victoria sobre el campo socialista europeo. La Unión
Soviética fue desintegrada y arruinada. Un inmenso caudal
del dinero ruso pasó a los bancos occidentales, su economía
se desintegró, y su escudo defensivo frente a las bases militares
de la OTAN, había sido desmantelado.
A
la antigua superpotencia que aportó la vida de más
de 25 millones de sus hijos en la segunda guerra mundial, le quedó
solo la capacidad de respuesta estratégica del poder nuclear,
que se había visto obligada a crear después que Estados
Unidos desarrolló en secreto el arma atómica lanzada
sobre dos ciudades japonesas, cuando el adversario vencido por el
avance incontenible de las fuerzas aliadas no estaba ya en condiciones
de combatir.
Se
inició así la Guerra Fría y la fabricación
de miles de armas termonucleares, cada vez más destructivas
y precisas, capaces de aniquilar varias veces la población
del planeta. El enfrentamiento nuclear sin embargo continuó,
las armas se hicieron cada vez más precisas y destructivas.
Rusia no se resigna al mundo unipolar que pretende imponer Washington.
Otras naciones como China, India y Brasil emergen con inusitada
fuerza económica.
Por
primera vez, la especie humana, en un mundo globalizado y repleto
de contradicciones, ha creado la capacidad de destruirse a sí
misma. A ello se añaden armas de crueldad sin precedentes,
como las bacteriológicas y químicas, las de napalm
y fósforo vivo, que son usadas contra la población
civil y disfrutan de total impunidad, las electromagnéticas
y otras formas de exterminio. Ningún rincón en las
profundidades de la tierra o de los mares quedaría fuera
del alcance de los actuales medios de guerra.
Se
conoce que por estas vías han sido creados decenas de miles
de artefactos nucleares, incluso de carácter portátil.
El
mayor peligro deriva de la decisión de líderes con
tales facultades en la toma de decisión, que el error y la
locura, tan frecuentes en la naturaleza humana, pueden conducir
a increíbles catástrofes.
Han
transcurrido casi 65 años desde que estallaron los dos primeros
artefactos nucleares, por la decisión de un sujeto mediocre
que tras la muerte de Roosevelt quedó al mando de la poderosa
y rica potencia norteamericana. Hoy son ocho los países que,
en su mayoría por el apoyo de Estados Unidos, disponen de
esas armas, y varios más disfrutan de la tecnología
y los recursos para fabricarlas en un mínimo de tiempo. Grupos
terroristas, enajenados por el odio, podrían ser capaces
de acudir a ellas, del mismo modo que gobiernos terroristas e irresponsables
no vacilarían en usarlas dada su conducta genocida e incontrolable.
La
industria militar es la más próspera de todas y Estados
Unidos el mayor exportador de armas.
Si
de todos los riesgos mencionados se libera nuestra especie, existe
uno todavía mayor, o al menos más ineludible: el cambio
climático.
La
humanidad cuenta hoy con siete mil millones de habitantes, y pronto,
en un plazo de 40 años, alcanzará nueve mil millones,
una cifra nueve veces mayor que hace apenas 200 años. En
tiempos de la antigua Grecia, me atrevo a suponer que éramos
alrededor de 40 veces menos en todo el planeta.
Lo
asombroso de nuestra época es la contradicción entre
la ideología burguesa imperialista y la supervivencia de
la especie. No se trata ya de que exista la justicia entre los seres
humanos, hoy más que posible e irrenunciable; sino del derecho
y las posibilidades de supervivencia de los mismos.
Cuando
el horizonte de los conocimientos se amplía hasta límites
jamás concebidos, más se acerca el abismo adonde la
humanidad es conducida. Todos los sufrimientos conocidos hasta hoy
son apenas sombra de lo que la humanidad pueda tener por delante.
Tres
hechos ocurrieron en solo 71 días, que la humanidad no puede
pasar por alto.
El
18 de diciembre de 2009, la comunidad internacional sufrió
el mayor descalabro de la historia, en su intento de buscar solución
al más grave problema que amenaza el mundo en este instante:
la necesidad de poner fin con toda urgencia a los gases de efecto
invernadero que están provocando el más grave problema
enfrentado hasta hoy por la humanidad. Todas las esperanzas habían
sido puestas en la Cumbre de Copenhague después de años
de preparación con posterioridad al Protocolo de Kyoto, que
el Gobierno de Estados Unidos —el más grande contaminador
del mundo— se había dado el lujo de ignorar. El resto
de la comunidad mundial, 192 países, esta vez incluyendo
a Estados Unidos, se habían comprometido a promover un nuevo
acuerdo. Fue tan vergonzoso el intento norteamericano de imponer
sus intereses hegemónicos que, violando elementales principios
democráticos, intentó establecer condiciones inaceptables
para el resto del mundo de forma antidemocrática, en virtud
de compromisos bilaterales con un grupo de los países más
influyentes de las Naciones Unidas.
A
los Estados que integran la organización internacional se
les invitó a firmar un documento que constituye una burla,
en el que se habla de aportes futuros meramente teóricos
para frenar el cambio climático.
No
habían transcurrido todavía tres semanas cuando, al
atardecer del 12 de enero, Haití, el país más
pobre del hemisferio y el primero en poner fin al odioso sistema
de la esclavitud, sufrió la mayor catástrofe natural
en la historia conocida de esta parte del mundo: un terremoto de
7,3 grados en la escala Richter, a solo 10 kilómetros de
profundidad y a muy corta distancia de la orilla de sus costas,
golpeó la capital del país, en cuyas débiles
casas de barro vivían la inmensa mayoría de las personas
que resultaron muertas o desaparecidas. Un país montañoso
y erosionado de 27 mil kilómetros cuadrados, donde la leña
constituye prácticamente la única fuente de combustible
doméstica para nueve millones de personas.
Si
en algún lugar del planeta una catástrofe natural
ha constituido una inmensa tragedia es Haití, símbolo
de pobreza y subdesarrollo, donde viven los descendientes trasladados
de África por los colonialistas para trabajar como esclavos
de los amos blancos.
El
hecho conmocionó al mundo en todos los rincones del planeta,
estremecido por las imágenes fílmicas divulgadas que
rayaban en lo increíble. Los heridos, sangrantes y graves,
se movían entre los cadáveres clamando por auxilio.
Bajo los escombros yacían los cuerpos de sus seres queridos
sin vida. El número de víctimas mortales, según
cálculos oficiales, superó las 200 mil personas.
El
país ya estaba intervenido por fuerzas de la MINUSTAH, que
las Naciones Unidas enviaron para restablecer el orden subvertido
por fuerzas mercenarias haitianas que, instigadas por el Gobierno
de Bush, se lanzaron contra el Gobierno elegido por el pueblo haitiano.
Algunos edificios donde moraban soldados y jefes de las fuerzas
de paz también se desplomaron, causando dolorosas víctimas.
Los
partes oficiales estiman que, aparte de los muertos, alrededor de
400 mil haitianos fueron heridos y varios millones, casi la mitad
de la población total, sufrieron afectaciones. Era una verdadera
prueba para la comunidad mundial, que después de la bochornosa
Cumbre de Dinamarca estaba en el deber de mostrar que los países
desarrollados y ricos serían capaces de enfrentar las amenazas
del cambio climático a la vida en nuestro planeta. Haití
debe constituir un ejemplo de lo que los países ricos deben
hacer por las naciones del Tercer Mundo ante el cambio climático.
Se
puede creer o no, desafiando los datos, a mi juicio irrebatibles,
de los más serios científicos del planeta y la inmensa
mayoría de las personas más instruidas y serias del
mundo, quienes piensan que al ritmo actual de calentamiento, los
gases de efecto invernadero elevarán la temperatura no solo
1,5 grados, sino hasta 5 grados, y que ya la temperatura media es
la más alta en los últimos 600 mil años, mucho
antes de que los seres humanos existieran como especie en el planeta.
Es
absolutamente impensable que nueve mil millones de seres humanos
que habitarán el mundo en el 2050 puedan sobrevivir a semejante
catástrofe. Queda la esperanza de que la propia ciencia encuentre
solución al problema de la energía que hoy obliga
a consumir en 100 años más el resto del combustible
gaseoso, líquido y sólido que la naturaleza tardó
400 millones de años en crear. La ciencia tal vez puede encontrar
solución a la energía necesaria. La cuestión
sería saber cuánto tiempo y a qué costo los
seres humanos podrán enfrentar el problema, que no es el
único, ya que otros muchos minerales no renovables y graves
problemas requieren solución. De una cosa podemos estar seguros,
a partir de todos los conceptos hoy conocidos: la estrella más
próxima está a cuatro años luz de nuestro Sol,
a una velocidad de 300 mil kilómetros por segundo. Una nave
espacial tal vez recorra esa distancia en miles de años.
El ser humano no tiene otra alternativa que vivir en este planeta.
Parecería
innecesario abordar el tema si a solo 54 días del terremoto
de Haití, otro increíble sismo de 8,8 grados de la
escala Richter, cuyo epicentro estaba a 150 kilómetros de
distancia y 47,4 de profundidad al noroeste de la ciudad de Concepción,
no ocasionara otra catástrofe humana en Chile. No fue el
mayor de la historia en ese hermano país, se dice que otro
alcanzó 9 grados, pero esta vez no fue solo un fenómeno
de efecto sísmico; mientras en Haití durante horas
se esperó un maremoto que no se produjo, en Chile el terremoto
fue seguido por un enorme tsunami, que apareció en sus costas
entre casi 30 minutos y una hora después, según la
distancia y datos que todavía no se conocen con toda precisión
y cuyas olas llegaron hasta Japón. De no ser por la experiencia
chilena frente a los terremotos, sus construcciones más sólidas
y sus mayores recursos, el fenómeno natural habría
costado la vida a decenas de miles o tal vez cientos de miles de
personas. No por ello dejó de ocasionar alrededor de mil
víctimas mortales, según datos oficiales divulgados,
miles de heridos y tal vez más de dos millones de personas
sufrieron daños materiales. Casi la totalidad de su población
de 17 millones 94 mil 275 habitantes, sufrió terriblemente
y aún padece las consecuencias del sismo que duró
más de dos minutos, sus reiteradas réplicas, y las
terribles escenas y sufrimientos que dejó el tsunami a lo
largo de sus miles de kilómetros de costa. Nuestra Patria
se solidariza plenamente y apoya moralmente el esfuerzo material
que la comunidad internacional está en el deber de ofrecerle
a Chile. Si algo estuviera en nuestras manos, desde el punto de
vista humano, por el hermano pueblo chileno, el pueblo de Cuba no
vacilaría en hacerlo.
Pienso
que la comunidad internacional está en el deber de informar
con objetividad la tragedia sufrida por ambos pueblos. Sería
cruel, injusto e irresponsable dejar de educar a los pueblos del
mundo sobre los peligros que nos amenazan.
¡Que
la verdad prevalezca por encima de la mezquindad y las mentiras
con que el imperialismo engaña y confunde a los pueblos!

Fidel
Castro Ruz
Marzo 7 de 2010
9 y 27 p.m.
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