| La Batalla por el Este de Europa Por Arnaldo Musa
Estados Unidos sigue siendo el motor principal del plan
contrarrevolucionario de expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN).
Washington recolecta los frutos de su victoria en la Guerra
Fría y consolida sus planes de convertir a los países del este de Europa en sus
satélites, con lo cual recuerda el intento de Hitler de mover su llamado Gran Poder al
este europeo.
No importa que el matiz sea ahora más sutil, adquiera
carácter "civilizado", con la instrumentación legal requerida para la
inclusión desde hace poco de Polonia, Hungría y la República Checa en la OTAN, algo
calificado por su secretario general, Javier Solana, como "un triunfo de la
justicia".
Como se puede apreciar, Estados Unidos presenta a Rusia un
hecho consumado y largamente elaborado.
Promesa poco seria
La OTAN ha asegurado que no desplegará armas nucleares en
los países que se incorporaron este año a sus filas. Pero (siempre hay un pero), es
posible que, en ciertos casos, pueda utilizar bases móviles para armas tácticas,
principalmente artillería y minas nucleares, así como instalar rampas de lanzamiento de
misiles con la mortífera carga, si las circunstancias lo requiriesen.
Sobre la puesta o no de tales armas en estos países, se
carece de un acuerdo formal, pero los analistas coinciden en señalar que, en estos
tiempos, la OTAN hace muchas veces lo que le viene en gana.
Hace dos años fue firmado en París un documento sobre las
relaciones entre Rusia y la alianza, y lo único positivo fue impedir una confrontación
directa o una "pequeña guerra fría".
Sin reciprocidad
Antes de la reunificación de Alemania, la Unión
Soviética prometió retirar sus tropas de la República Democrática Alemana y disolver
el bloque militar del Pacto de Varsovia.
En respuesta, los líderes de Alemania Federal, Inglaterra
y EE.UU prometieron que la OTAN no avanzaría ni una pulgada. Por supuesto, todo fue una
burla. Hace años que la OTAN "debió jubilarse", pero se ha vuelto más activa
y agresiva, como lo demuestran, entre otros hechos, los ataques contra Yugoslavia, o la
reciente invasión de EE.UU y Gran Bretaña contra Iraq.
Todo ello afectará indudablemente a la clase obrera,
porque significa más gastos del Pentágono, mayor prosperidad de la industria
armamentista, sumisión de los pueblos de esa región europea a las corporaciones y
explotación a todos los niveles de los trabajadores.
Sólo la unidad y la lucha popular, conjugadas con un firme
plan de rechazo a la expansión bélica, podrán detener el avance imperialista.
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