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Afganistán
y los paradigmas de la unipolaridad
Por
Deny Extremera San Martín
Días
después de los atentados del 11 de septiembre, un escritor
neoyorkino dijo que marcaban el real inicio del Siglo XXI.
Sin
embargo, éste ya se definió con el desplome socialista,
la llamada era post-Guerra Fría y la Guerra del Golfo, que
anunció un nuevo hegemonismo en que Estados Unidos, sin contraparte,
empleaba el escudo de una coalición para sus intereses, erigiéndose
en juez universal por encima de la ley y la razón, probando
armas en carne y territorio ajenos.
Con
una década recorrida en ese Nuevo Siglo, los ataques de Nueva
York fueron expresión extrema de un fenómeno conocido,
y dieron aires a una nueva campaña bélica que reafirma
en la égida mundial al "gobierno de los peores",
que relativiza a su antojo conceptos como libertad, democracia,
justicia y terrorismo, apoyado en poderosos medios de difusión.
El
día del terror
El
golpe vino al inicio de la jornada. Dos aviones destruyeron las
Torres Gemelas, símbolo de dominio económico; otro
destrozó un ala del Pentágono, sede del poder bélico.
Las
previsiones hablaban de decenas de miles de muertos, que luego fueron
unos 3 500. La recesión en ciernes se desencadenó.
Cayeron bolsas de valores, miles de empleos y decenas de empresas.
Una
meca financiera mundial se convirtió en ocho manzanas de
escombros humeantes. Una nación que gasta 30 000 millones
de dólares anuales en Inteligencia se sintió vulnerable,
casi estafada.
A dos
siglos atrás se remontaba el último ataque sufrido
en suelo propio por Estados Unidos. El de septiembre fue un golpe
que pudo cambiar la historia y la conciencia del país, pero
los llamados a la cordura fueron vistos como traición y primó
el belicismo que tantos sinsabores ha dado al mundo.
El
martillo de la venganza
No
se analizaron las causas profundas del ataque, percibidas por algunos
en los desmanes de la política exterior norteamericana. No
hubo largas consultas. Organismos mundiales como la ONU se adaptaron
al ritmo de la maquinaria yanki.
Al
día siguiente de los hechos, Washington hablaba de culpables
y represalias; emergían Osama Bin Laden, su red Al Qaeda
y el régimen Talibán.
La
OTAN, por primera vez en su historia, invocó la cláusula
de defensa mutua, abriendo paso a una venganza colectiva. Se creó
en el público el temor de más atentados, la psicosis
del bioterrorismo.
La
barbarie había atacado a la civilización. La libertad
peligraba. Las encuestas hablaron: los norteamericanos apoyaban
mayoritariamente la guerra, y Bush tuvo el mayor nivel de aprobación
popular para un presidente desde el obtenido por su padre, curiosamente,
durante la Guerra del Golfo.
Justos
por pecadores, o cómo destruir un país
El
régimen talibán, minada su base popular por el extremismo
religioso, prometía larga resistencia. El diluvio de bombas
y mísiles del pentágono y su apoyo a la Alianza del
Norte, esfumaron tal posibilidad.
En
diciembre, con la caída de Kandahar, quedó extinto
el poder talibán en Afganistán. El país, destruido
por dos décadas de conflictos, quedó en ruinas por
los intensos bombardeos.
Cientos
de civiles murieron por los famosos errores de la aviación
yanki, que promueve el bombardeo extensivo contra el enemigo para
evitar el uso de infantería y así las bajas, fatales
ante la opinión pública.
El
gobierno interino fue instaurado y una fuerza de la ONU debe vigilar
la seguridad, pero contradicciones entre etnias y aun entre clanes
dentro de las etnias, la persistencia de focos de tensión
y una prometida ayuda para la reconstrucción que podría
tardar o quedar en promesa, ponen dudas en el futuro afgano.
La
guerra perdurable
A
tres meses de guerra y de búsquedas apoyadas por satélite,
siguen incapturables Osama Bin Laden, cotizado en 25 millones de
dólares; el mulá Mohamed Omar y otros líderes
del Talibán y Al Qaeda.
Frustrado,
Washington envía más fuerzas en su cacería.
Mientras, amenaza con seguir su campaña en otros países
y creó cortes ilitares para juzgar a extranjeros vinculados
a actos de terrorismo, denunciadas como violatorias de las garantías
jurídicas.
Aprovechando
la coyuntura propicia, la Casa Blanca anunció su retiro del
Tratado Anti-Misiles Balísticos y aumentó los presupuestos
para el Escudo Antimisiles y la inteligencia.
Fruto
del ambiente patriotero afín a la guerra, se acentúan
los ataques raciales en Estados Unidos, que, seguramente, ha sembrado
más odio en el mundo islámico y convencido a muchos
de que la Justicia no es una de sus prioridades.
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